jueves, 12 de marzo de 2015

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Ese emotivo escrito al final del año...

 Admitamos, pues, amigos, el paso del tiempo y, con él, de los años.

[Pensaba escribir una entrada hoy, de ésas emotivas que llegan a la patata. Pensaba en un brindis por todo aquello que el año pasado deseaba fervientemente que se cumpliera y que, finalmente, no sé cómo dar gracias porque no haya sucedido. Pensaba también en alguna bonita reflexión sobre el tiempo y los balances, y los propósitos y las listas que se abandonan nada más empezarlas. Sí, iba a ser un poco típica pero, a la par, original. ¡Qué raro! ¡Un oxímoron! ¡Para mí! ¡Me lo pido! Incluso he estado tentada de escribir una carta a mi querida yo de hace trescientos sesenta y cuatro/cinco días para confesarle que con aquel cardado se parecía, tristemente, más a Amy Winehouse que a Brigitte Bardot… sí, qué le vamos a hacer, Bardot, ¡y madre!, sólo hay una. El caso es que el reloj me ha ganado la mano, y aún tengo que arreglarme para esta gran noche donde todo parece un poco más posible.
Pero, en fin, ¿cómo explicarlo? Le tomo prestados los versos al gran Manolo García, “si ahora pudiese estar mirando tus ojos, ¿iba a estar escribiendo aquí esta canción?”.
Pues eso, que, esta vez, el año que se va ha resultado ser el reverso de la canción, he escrito menos y vivido un poco más.]

[Y mirado tus ojos.
Mucho.
Mucho, mucho.]

 Brindemos porque mi querida yo de dentro de trescientos sesenta y cuatro/cinco días pueda repetir este brindis. Y porque vosotros, si queréis, alcéis vuestras copas conmigo.

¡Feliz año!

[Y sí, dirás que aún no han dado las campanadas, 
que me he adelantado 
y que todavía seguimos en diciembre, 
y… y tendrás razón.]
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Suena: 93 million miles, Jason Mraz

Desde mi ventana: el reflejo del flexo y la habitación en el cristal.

jueves, 6 de noviembre de 2014

En pocas líneas.

 Y al volver la vista atrás lo que se ve no es la senda que no se ha de volver a pisar, sino los pasos, las migajas de pan que marcan el camino de regreso. Cada adoquín, cada huella y traspiés es un segundo de descuento hasta el próximo beso, hasta el próximo abrazo, hasta ese verso inconcluso que son tus labios cuando la despedida asoma a las comisuras y la prisa tiene la última palabra.
 Qué bonito que el poeta se equivoque. Qué bonito haber dejado de ser estatua de sal y recuerdos. Qué bonito contarlo en pocas líneas. Y qué bonita esa sonrisa de que seas tú –menos ciudad y más tú, tú al fondo y tú a lo lejos, tu cuerpo y tus manos, en los bolsillos o sobre el pecho-, tú, y no las estelas en la mar o la barbarie destructora, lo que encuentran mis ojos si mis talones deciden girar sobre sí mismos. Una vez; girar. Luego otra; girar, girar. Y otra más; que puestos a girar, que sea sin parar.
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Suena: Cantares, Serrat.

Desde mi ventana: la ribera, el paseo, los árboles tiñéndose de ocres pero, aún tímidos, no han comenzado a desvestirse de sus hojas…

jueves, 9 de octubre de 2014

Entre septiembre y octubre.

 Quién siempre gana, nada sabe de la vida, pero pese a todas nuestras derrotas, tampoco sabíamos nada; si acaso atisbábamos aquello que nos nacía en la palma de la mano, que se nos escapaba entre los dedos cada vez que tratábamos de apresarlo. Nada sabíamos, es cierto, y septiembre llegó para pedirnos que creciéramos de golpe. Sin darnos cuenta, por supuesto, pero pasaron los días, los treinta, uno detrás de otro, y a los labios acudía el verso callado, el miedo a pronunciarlo demasiado alto, como si alguna suerte de sortilegio o maleficio fuera a arrebatárnoslo. El hábito hace al monje, y de sobra conocíamos el peligro de hablar antes de tiempo, de dejar de conjugar los verbos en subjuntivo, los temblores y contracturas que nos producía el presente de indicativo.

 Y ya ves, octubre ha venido pidiendo explicaciones, haciéndonos saltar por los aires todo engranaje viejo y oxidado; toda mecánica del corazón se ha desprendido del olor a naftalina, del verdín y del moho, del recuerdo de otros caudales que una vez fueron río y deshielo, inundación y tristeza de sal. Nos ha puesto en pie, nos ha revuelto el estómago hasta obligarnos a mirar, a fijar los ojos, la vista, las agallas en todo lo que sin saber, hemos sabido, y otra vez con Sabina, querernos como es debido.

 ¿Quién nos ha visto este octubre al que se le caen las hojas y en el que seguiremos necias y bisoñas, pero un poco más cerca de alcanzarla, de rozarle levemente su vestido a la vida…? ¿Quién diría, no sé, que ahora otras derrotas traen estas victorias, este beso sincero, esta mano entrelazada, este encontrarse un poco de nuevo…?

 ¿Quién? Y no habrá respuesta. No podremos tenerla.
 La mirada se nos acomoda al horizonte y, con la calma que trae tu presencia, deja de darnos la espalda, la media vuelta.
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Suena: Candombe para olvidar, Ismael Serrano
Desde mi ventana: la noche cerrada, las luces de la casa vecina, el cristal que refleja el paso de estos días...

sábado, 6 de septiembre de 2014

Y esta vez, septiembre.

 Y esta vez, septiembre.
 Septiembre que nos miraba tendido en el horizonte de la espera, en las últimas palabras de cada una de esas frases que se soñaban promesas, un futuro a medio conjugar, con sus tiempos y sujetos marcando el compás, el baile que tardaría algo más en llegar. Lo mismo que septiembre mirándonos tendido sobre un lecho de nubes, sobre el rumor de olas, sobre cada sinuosa carretera, los kilómetros de distancia entre todo un estío y el noveno mes del año. Y la impaciencia que, escapándose en el tamborileo de los dedos y las horas muertas viendo salir aviones, escuchando avisos enlatados por megafonía, se preguntaba por el acorde de tu voz, por la nota en la que se quebrase y cuándo el suspiro sería beso, un beso de septiembre, de bienvenida.

 Y esta vez, septiembre.
 Septiembre en los bolsillos, en tu rostro, en tus manos, en tus labios y en el subrayado de mis yemas recordando cómo eran labios, manos, rostro, bolsillos… como colegial indisciplinado, como una asignatura pendiente, como la memoria al tacto. Sin más excusas, sin más pretextos ni pronósticos. Sin más horizonte que los filos de estas sábanas. O el acorde de tu voz. O el beso de vuelta a casa.

 Y esta vez, así, por supuesto, septiembre.
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Suena: September gurls, Big Star.
Desde mi ventana: un inmenso cielo azul y, tras esta larga ausencia, la Sierra.

martes, 22 de julio de 2014