domingo, 9 de marzo de 2014

Ese puñado de palabras mal dispuestas.

 Y las frases se quedan en suspenso, como si cada uno de nuestros silencios fueran los tres puntos de la intriga, del qué pasará, qué vendrá después del aire que dejan tras de sí nuestras palabras, la cadencia inacabada, el sonido que no es y, aún así, su vacío resuena, resuena su inexistencia hasta llenar el espacio, hasta rebotar en las paredes y golpearnos de lleno, en la sien, en la cabeza, en el pecho. Y luego seguir, seguir cada cual por su camino, como si nunca antes hubieran empezado ese puñado de palabras mal dispuestas que no pueden llamarse frases, que no constituyen una conversación, y, sin embargo, ahí están, ahí se van, ahí se mueren al despedirnos, al marchar con la incertidumbre de si volver la vista atrás.
 Puede que eso lo resolviera todo, darnos la vuelta y recoger las palabras que nunca perdimos, lanzárnoslas al rostro, hasta que escuezan y piquen los ojos. Y ya, entonces sí, sin intrigas, sin puntos suspensivos, sin una hermenéutica de la carencia, del abandono y la orfandad de las sílabas, nuestras frases habrán acabado y sólo restará el borrón, la precisión, la rotundidad, el enérgico estrellarse una única vez el bolígrafo contra el papel, ponerle punto y final a esta historia que, como nuestras frases, tiende, tiende, tiende y nunca alcanza, y su no llegar nos golpea en el pecho con cada tentativa de huir, de atravesar la piel con cada latido, y no más puntos, sólo uno, ya no suspensivos, ya no más, ya sólo el definitivo, el final.

 Fíjate. Tendremos que aprender a hablarnos sin andaderas que acaben con nuestras palabras para ser nosotros quienes acabemos en ellas.
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Suena: Skinny love, Birdy.
Desde mi ventana: noche de domingo, algunas luces al fondo.

domingo, 23 de febrero de 2014

La vio sonreír.

 Y la vio sonreír, con el sol en sus ojos entornados y el frío recortando su figura.
 Él la vio sonreír, aún sin saber si tendría algún motivo para hacerlo, y se quedó prendado de esa curvatura, de las comisuras elevadas, del carmín que se habría olvidado en alguna porcelana, en algún café, en cualquier mesa y conversación. La vio sonreír y le pareció tan hermosa que una punzada en el pecho le obligó a detenerse levemente, a contemplarla con su música, con los mechones en su vaivén, con el tarareo entre los dientes. ¿Y cómo nadie podía darse cuenta de aquello? Echó a andar, dejándose el rostro en sus pasos, en esos labios que se perdían en un horizonte que iba quedando atrás, por mucho que procurara evitarlo, que se partiera el cuello en dirección contraria al ritmo de sus zapatos. ¿Volvería a tropezarse con esa boca…?
 Cuando, de pronto, ella abrió los ojos. El sol seguía cegándola y el aire entrecortando su respiración, pero él había dejado de mirarla y ella, de sonreír.

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Suena: La vi bailar flamenco, Andrés Suárez

Desde mi ventana: el cielo impresionantemente azul, la Sierra inmaculada y recortada a lo lejos… sol, pero frío, mucho frío.

martes, 31 de diciembre de 2013

Mala uva.

Este relato podrás encontrarlo en mi próximo libro: Mi propia ingravidez.

martes, 26 de noviembre de 2013

Tic-tac.

Este relato podrás encontrarlo en mi próximo libro: Mi propia ingravidez.

jueves, 31 de octubre de 2013

La factura del cambio de hora.

Este relato podrás encontrarlo en mi próximo libro: Mi propia ingravidez.