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jueves, 14 de diciembre de 2017

Ciclogénesis explosiva

Ahora que mi ciudad se ha vuelto otoño
y por fin llueve,
y se colman los diarios y las bocas
con la ciclogénesis explosiva,
como si nunca hubieran contemplado
la turbulencia de un derrumbe
-acaso son estas ruinas encharcadas
una mala costumbre sólo mía-,
y revolotean las hojas
y algunas caen sobre estos hombros,
tan encogidos por el frío,
que tiemblan porque es temprano
y el manto húmedo de la noche
nunca supo ser abrigo.

Ahora
-te decía-,
que es diciembre,
las luces serpentean los cielos y las calles,
y el año es el suspiro breve del cansancio,
mi mano derecha,
la misma que garabatea estas líneas,
pasea desnuda sus dedos y se interroga
por el destino del guante blanco,
seguramente ya sucio además de perdido.
¿Quién lo mirará con la desazón que
provocan los guantes y los zapatos de bebé
extraviados sobre las aceras?

Y pese a tanta orfandad y tristeza,
fíjate que lo peor sigue siendo lo siempre:
no saber cómo soportar,
en plena ola de frío,
el calor de mi mano izquierda.
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Suena: la lluvia contra los cristales de la ventana traslúcida.
Desde mi ventana: las primeras palabras me asaltaron caminando por una calle cubierta de hojas marrones y amarillas, el resto fue cosa de la lluvia y, por supuesto, del momento incierto en el que mi guante derecho decidió descubrir el mundo más allá del bolsillo del abrigo.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Riada

Como aquel asno torpe que muere de inanición estando a una misma distancia de idénticos montones de heno, incapaz de decantarse por uno, así miraba yo a mi pasado y a mi futuro: triste y hambrienta. Uno, recorrido, y otro, promesa, no dejaban de ser riada, lluvia torrencial tardía, y este campo mío, este pobre erial, se desbordaba y yo, impasible, lo miraba. Posaba mis ojos sobre esta tierra igual que si fuera patria ajena, desconocida, pero carente de toda curiosidad o sorpresa. ¿Qué van a contarme estas venas sobre la sangre que llevan, si fue su murmullo el que propagó esta soledad, esta hambre, esta tristeza? ¿Qué sabrán unas lágrimas de todo un mar? Y late el corazón y se seca la boca, y hay preguntas que se quedan sin respuesta.
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Suena: un bolígrafo rasgando el papel, alguien que pasa unos folios y estas teclas que no paran.
Desde mi ventana: esta ventana, traslúcida, hace rato que ya no deja entrar ningún rayo de sol furtivo. En la biblioteca, a estas horas en las que escribo, todo son sillas vacías y me ronda el pensamiento aquel verso de Luis y supongo que, pese a tanta soledad, estoy rodeada de poemas.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Conversaciones con la Musa.

 Maldita Musa, que vuelves y me llenas el pecho de palabras y te me atraviesas en las cuerdas vocales, y yo me pregunto si es que quieres hacerte un lazo en el pelo, vendarte los ojos o colgarte de mi boca y quedarte así, suspendida en mi garganta. Maldita seas tú y tu estampa, que dejas que me nazcan flores en las entrañas, que se recubran con pétalos estos órganos, pero mis labios siguen sellados. Ni contar la historia me dejas.
  Siento que me van a subir las letras hasta las pupilas, -me ahogo, Musa, ¿no te doy lástima?- y se van a acomodar en el prado de mis ojos y al menor descuido van a barrerlas mis pestañas y cómo las recupero si no puedo nombrarlas, si no puedo pedir auxilio ni correr a salvarlas.
Dime, Musa, háblame tú que no me tienes recorriéndote la sangre y acelerándote el pulso para nada. Explícame, Musa, por qué me das la inspiración y me robas los trazos, y se queda mi libreta tan triste y emborronada que parece cada tachón una ristra de lágrimas…

  Te escucho reírte mientras mi gata duerme.
  Te acercas altiva, me pides que me las gane, que me haga digna de nuevo de mis propias palabras y arrastras las sílabas como si fueran comienzo y no final, como un tambor de batalla. Y esta música -estos acordes tan desafinados- ya la hemos bailado antes, y tantas veces perdí el ritmo que comprendo que no me tiendas tu mano ahora, que te burles y busques el modo en que mis pies tropiezan antes del primer compás.

  Qué mal se nos da esta pista de baile que serpentea los límites de la verdad y la ficción, y cómo se nota, Musa mía, que el vicio siempre es más vicio en las manos de otro que en las mías cuando nos escribo.
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Suena: Sueños lentos, aviones veloces, IZAL.
Desde mi ventana: es de noche y el frío ha entrado ya, pero la Musa sonríe satisfecha desde el reflejo del cristal.

jueves, 13 de julio de 2017

¿Por qué tendrás que crecer?

¿Por qué tendrán que crecer los niños a los que cuidamos? Esos mismos que venían corriendo torpemente y se abrazaban a nuestras piernas y nuestro torso; los mismos a los que agarrábamos la mano para cruzar los pasos de cebra y saltarnos los semáforos en rojo. Esos niños que ahora se muestran esquivos con las caricias porque han crecido y parecen no necesitar ya nuestros cuidados, que nuestros besos y consejos son recibidos con cierta pesadez; pero lo entiendes y aunque lo entiendes, no deja de ser un dolor punzante que sólo experimentas con y por ellos. ¿Por qué tendrán que crecer?
¿Por qué tendrás que crecer? Me pregunto mientras te miro y te escucho hablar y pienso en todos los dragones que no te pude matar, en esas batallas encarnizadas del día a día, en el camino que antes que tú he transitado por algo tan tonto como haber nacido primero. Tú me cuentas cómo de feroces son sus fauces, cuánto de ese fuego alcanzó tu cuerpo, cómo vas a luchar esta vez y brindamos por eso. Pero también te ríes de ti, de las cosas de la vida, de nosotros, y tu risa repara los años que van pasando. Y entonces me hablas de tus planes, de los tesoros escondidos que esta vez vas a buscar sin mí, y es que no podría ser de otra manera: al fin y al cabo, estos mapas ya son sólo tuyos. Tal vez, pueda darte alguna pista, algún empujón, proveerte de víveres para la larga travesía y aguardar paciente tu regreso y las historias de aquello que encontraste por el camino. Suspiro y tú me preguntas si estoy cansada, niego y pedimos otra ronda. ¿Por qué tendrás que crecer?
Sin embargo, también te miro y me siento orgullosa del hombre en el que te has convertido, en el que te estás convirtiendo, en el que ninguno conocemos aún, pero que empieza a asomar y nos gusta, aunque a veces nos saque de quicio a los dos. Me dan ganas de abrazarte y no soltarte nunca, volver a construir fuertes con los cojines, con las mantas o las toallas, volver a jugar dentro de las cajas de cartón o con la pelota. Retornar a los días eternos de la infancia cuando ansiábamos ser mayores. Y ahora mírame, preguntándome una y otra vez por qué demonios tendrás que crecer tanto y, sobre todo, tan rápido.
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Suena: I’ll stand by you, The Pretenders.
Desde mi ventana: tengo la mosquitera bajada y, a través del cristal, el paisaje de siempre se dibuja en cada uno de los pequeños cuadraditos de la tela metálica. Como es por la tarde y hace calor, una luz fuerte lo envuelve todo.

jueves, 29 de junio de 2017

Molinillo de viento.

Qué difícil habrá sido, amor mío, dejar desnudas las estanterías, los cajones y los armarios; qué ajenas y extrañas se habrán vuelto las paredes y las habitaciones. Como despojado un cuerpo de su carne, así de esquelético se habrá quedado el piso, convertido ahora sólo en mármol y muebles, un sofá, un televisor, un balcón cerrado al que ya nunca más nos asomaremos. Pensé tantas veces en fotografiar aquellas vistas y ninguna lo llevé a cabo... Y aquel molinillo de colores en el edificio de enfrente seguirá girando, aunque no sea yo quien se detenga y lo observe y se deleite y vuelva a los jardines de la infancia. Qué difícil, amor mío, vivir en una constante despedida, este arrojo sin piedad a la cuenta atrás; otra vez, otro junio más. Quizá por eso he deshecho las bolsas donde ayer vacié mis rincones: el primer cajón de la mesilla, un par de calcetines del segundo, algo de ropa en la silla, un par de perchas en el armario, el hueco en el aparador del salón, la manta que arropaba nuestras siestas, el secador del cuarto de baño, los tés en la cocina y el infusor que olvidé y reposa y me espera entre tus cosas. Ahora mi cuarto huele a limpio y todos esos objetos pródigos han encontrado de nuevo un lugar en esta casa; hay quién dirá que han vuelto a su sitio y qué equivocación… Dime tú, amor mío, qué hago yo con dos cepillos para el pelo o dos barras de labios moradas del número 42.
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­­­­­­­­­­Suena: la ventana abierta, algún trino distraído, el rumor de agua.
Desde mi ventana: el cielo está azul y no hay nube que cosa jirones a su estampa. Por fin este calor nos da algo de tregua y sopla el viento, el aire fresco, y en frente de aquella que fue nuestra ventana seguro que el molinillo sigue girando como si nada.

jueves, 18 de mayo de 2017

Con la dulzura de una nostalgia cogida a tiempo

-¿Te acuerdas -me dirás pausada- de cuando teníamos que correr a buscar en los libros las frases subrayadas, los poemas marcados, las palabras a lápiz y las esquinas dobladas para saber quiénes éramos?
Te escucharé y sonreiré con la dulzura de una nostalgia cogida a tiempo, como cae la tarde cuando nada se espera y todo duele y todo se recuerda. Probablemente me mire las yemas de estos dedos tan acostumbrados a cortarse al pasar las páginas, tan apegados a la herida breve que no se sabe cuándo, pero que, al final, siempre cicatriza. Tamborilearán disimulando sobre una taza de té o un botellín de cerveza. Y cuando la lengua me roce el paladar y la palabra vaya a posarse en mis labios, los tuyos -siempre tan rápidos y tan envenenados- dibujarán un mohín justo antes de callarme para decir:
-Pues esas frases, los poemas marcados, las palabras a lápiz y aquellas esquinas dobladas ya no nos cuentan. Hemos dejado de ser sus historias y no sé si me quedan fuerzas para crear otras nuevas.
Te miraré con el pecho partido en dos, regado puede que en teína o puede que en alcohol.
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Suena: el tic-tac del reloj, el trino de los pájaros, algunos coches y estas teclas que se arrastran lentas.
Desde mi ventana: el cielo está azul y no hay rastro de nieve en la Sierra.

jueves, 23 de febrero de 2017

Esa voz tan apagada.

Algo que no termino de parir, pero que quiero compartir con vosotros:

"-¿Por qué tienes esa voz tan apagada? ¿Estás cansada o te pasa algo? -preguntó al otro lado del teléfono.
-No, nada. Sólo quería ponerme triste. Estoy escribiendo y mis personajes están mal y yo, sin embargo...
-¿Tú?
-Yo soy feliz. Pero sigo necesitando ciertas dosis de tristeza para escribir y para vivir. Y no sé cuál de los dos verbos me preocupa más.
-Claro que lo sabes -guardó silencio-. Escribir.
-No seas injusto.
-No lo soy. Siempre esperas que en el último momento venga algo o alguien y te salve, te remedie de la vida; pero de tus personajes, de tus palabras... de eso no te va a librar nadie.
-Ya."

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Suena: el recuerdo de aquella llamada.
Desde mi ventana: entonces era medio día, hacía sol y éramos tan jóvenes que mentir por teléfono resultaba sencillo.

domingo, 23 de octubre de 2016

"¿Cómo sobrevivirán los rincones que nunca sabrán que existimos?"

domingo, 14 de agosto de 2016

"¿Por qué no? Podrías estar preguntándote por mí."














Esa incertidumbre que se suma al tedio de los domingos hace de éstos días todavía más extraños.
Recuerdo cuando Ismael cantaba aquello de que las tardes de domingo esperaré tu llamada y mi teléfono no llegaba a sona, y caía la noche y se acababa, triste, la semana. Suerte que aquellos domingos sean recuerdos y que hoy siga cambiando mis ventanas por tus balcones.

domingo, 28 de junio de 2015

miércoles, 15 de mayo de 2013

En el intersticio.


De nuevo en la brecha, amigos míos, otra vez.
Shakespeare

 Ninguno lo sabe, y todos se miran como buscando en el rostro de los demás la respuesta. Ahí están, como en una obra de teatro extraña, como si algo les retuviera en el escenario y quisieran salir, escapar, huir, bajar al patio de butacas… pero antes necesitan saberlo. La pregunta ronda sus cabezas y se estrella en cada pensamiento. Pero ninguno lo sabe, nadie les ha dicho cómo han llegado hasta allí, simplemente hubo un momento en el que estaban y ya.
 Reconstruir sus pasos es como contar un sueño; les faltan las palabras y cuanto más lejos del amanecer, más confuso y disparatado se vuelve todo. Se miran, se buscan y quieren salir, pero no pueden hacerlo porque no están en ninguna parte. Podrían describir perfectamente el suelo, el mobiliario, lo que ven y lo que sienten, incluso aquello que desean; podrían remontarse y tratar de darse una entidad y acabar perdiéndose en las palabras, arrancándoles de cuajo todo significado, dejándolas vacías, despojadas de todo, de voz, de trazo, de rasgo… volverlas informes y deformes, ahorcarlas en su propio discurso… Nada. Tratando de decirlo todo, incapaces de decir nada; a medio camino entre la vida y la muerte, como un constante estado vegetativo.

 “-¿Cómo hemos llegado hasta aquí? –se preguntan- ¿Qué hubo antes de ti, antes de esto, antes de este intersticio?”

 Y sólo le responde el eco, porque no hay nada, y tus palabras vacías son las mías también. Como con las cosas importantes, no hay nada tangible, todo se desvanece al primer intento de poseerlas. Huyen. Como quisieran ellos, ellos que no pueden porque no saben, y al no saber, están condenados al deseo de saber y a temer cuando el conocimiento se aproxime. Y entonces, quizás, sólo tengan la certeza de que nunca hubo nada, ni antes ni después, ni siquiera en ese momento, ni en estas palabras, ni en otras.

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Suena: Memories in my eyes, Yiruma.
Desde mi ventana: noche y restos de lluvia.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Dime, Primavera.

Dime, Primavera, cómo me deshago yo de este sentimiento, de esta euforia de flores y sol, de volver a tener diecisiete y querer sentir toda la libertad estallando en mi pecho, y hablar, hablar, hablar… que ya lo dijo Schopenhauer, ¿cómo ascender y callar? Y te contaría, no sé, las tonterías de siempre con la luz de antes, el tiempo que pasa, las cosas que no cambian, las nuevas historias, las que se quedaron en la orilla y las que se atrevieron con el mar de fondo. Que otra vez llegas vestida de promesa y plenitud, Primavera, que otra vez te escondes cartas entre los dedos, y tus jugadas son el deshielo de todo un invierno, de cada palabra escrita en los márgenes de los folios, de la vida que dejamos colgada en unos puntos suspensivos para recuperarla cuando fuéramos capaces de vivirla. No sé, Primavera, que bajo todas tus alergias, escondes capas de nostalgia y de tristezas, que alguna vez te quedarás, nos quedaremos, sin alcohol, y dime tú dónde ahogaremos la rabia, la pena, la desazón y en qué fondo, en qué vaso o botella, vamos a estrellarnos cuando caigamos por la pendiente de estos días largos y estas noches cortas. Primavera, Primavera, que los cristales nos abrirán heridas que supurarán año tras año, pero moriremos con ellas. Y ahora vienes tú, folio en blanco, hojas nuevas, y me pides que no piense, que respire, que me abandone en esta borrachera que me ofreces, en el néctar de tu vientre. Quieres hacerlo todo posible, como cada comienzo, cada punto de inflexión, cada recuerdo, cada beso, cada abrazo, cada frase que no se dijo, y el silencio que nos acose luego cuando tú, ingratas palabras, te marches a otros brazos y a otro tiempo, a otro lugar, y te vistas de revolución, de sueños. Dime, Primavera, cómo me deshago yo de este sentimiento, de este quiero y no puedo, de este puedo y no quiero. Lárgate pronto y no vuelvas. Pero antes de marcharte quédate un rato, hasta que te odie y me acostumbre, hasta que puedas abandonarme con todos los remordimientos; no hoy, no mañana, puede que un lunes. Dime, Primavera, de qué vamos a hablar estos días, estos meses y los próximos años, si serás amante fiel, tejiendo y destejiendo mi espera, y yo, buscándote y perdiéndome, sin saber muy bien si acudir o no a los dioses para que me salven o esperar la cura en este sentimiento, en este fármaco que sana y envenena, en esta meteorología con trampas. Como tú, como yo.
Conversa conmigo, Primavera, ahora que nadie nos oye y todos nos miran.
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Suena: Solo, Annalisa Scarrone
Desde mi ventana: es de noche, sí, pero la primera de esta primavera.





Este relato también puedes encontrarlo en mi libro: Mi propia ingravidez.

sábado, 20 de octubre de 2012

En mitad de la noche.

 Tumbada en la cama, le dio por llorar. No tenía motivos para ello, porque era feliz; y, sin embargo, las lágrimas salieron al encuentro de su rostro, de sus labios, de la barbilla, de la almohada. Tenía el pijama puesto y las sábanas revueltas; no había sido una buena noche. Además, hacía frío. De costado, y en la oscuridad, le dio por adivinar las formas de todas sus sombras, las de dentro y las de fuera, la clásica silla atestada de ropa.

-¿Qué haré cuando llegue el día que me quede sin palabras?

 Nadie estaba ahí para responderle. Y entonces lo supo, sólo tendría silencio. Por eso inventó un idioma entero, para nunca más volver a tener miedo.
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Suena: Walls are tired, Russian Red
Desde mi ventana: noche cerrada, supongo que sigue lloviendo.

martes, 17 de abril de 2012

También el poeta es digno de desconfianza.

¿Cómo te explico que no te fíes del poeta, que él te habla en el lenguaje de las cosas que no pueden decirse, donde los protagonistas de las historias actúan sin saber dar explicaciones de por qué hacen esto y no aquello, y es el poeta quien las cuenta?
Él te prometerá una dolorosa dicha, un sufrimiento gozoso, un sentimiento que anidará en tu pecho y se extenderá por tus brazos, tu cuello, tus piernas, y no encontrará cabida en ellos y acabará explotando la mecánica de tu corazón. Y tú, triste infeliz desdichado, sonreirás porque él te ha hecho creer que tu vida sería vana e incompleta sin poner el mundo del revés, sin hallar ese remanso de paz en cada punzada de dolor, porque duele cuando estás vivo y el poeta lo que cuenta es la vida, por mucho que a veces anhele la muerte.
Te rescatará del tedio con sus versos, te descubrirá lo que hay al otro lado del cristal y te hará ver con claridad el vaho con que empañas tus sueños al contemplar lo que hay tras la ventana, aquello que no alcanzarás sin renunciar a lo que ya tienes. Créeme, él sabrá hacerte dudar, venderte cada lado, las dos caras de la moneda mientras te mira desde el canto de la misma, porque el poeta siempre vuelve a la frontera donde todo hiere y se siente más intensamente, porque es tierra de nadie y nadie sabe cuál es la tierra a la que pertenece, si es que, acaso, puedes anclarte a un solo bando.
No te fíes de él, hazme caso, que el poeta hace sus rimas y siente con ellas, ora ama ora odia, y se escapan entre los huecos de sus dedos los suspiros que tú arrojas al aire cuando le lees, cuando te buscas en sus palabras sin saber que tú ya eres él, desde la primera letra, desde el primer deseo de encontrarte en su reflejo.
Ten cuidado, porque mientras sientas, mientras entiendas la melancolía que encierra tras cada sílaba y conviertas su aliento en el verbo que te renace, todo irá bien y tomarás la vida fluyendo en su intenso latir, besando la duda, arrojándote de lleno al vacío que ansías encontrar al borde de tus pies. Pero ten cuidado, porque el poeta también peca de soberbia y buscará en sus versos contar enrevesadas historias sencillas que pongan fin a sus dudas, a su dolor y a su miedo, y tú no podrás hacer presa al torrente que te desborda, porque has hecho tuyo su dolor y el poeta ya no lo quiere de vuelta.
Quizá culpes al destino, a la mala suerte, a la voluntad y a la vida; tal vez hasta te agrade llevarte al límite, probarte a cada paso, hasta que veas que ya cuentas diecinueve y que al dar uno más, solo quedará disparar a tu adversario, a tu otro yo, y matar una a una tus certezas, y su ausencia pesará tanto que no quedarán más que vanas creencias a las que aferrarse cuando trates de responderte, en la soledad de tu propia compañía, por qué ya no están contigo todos esos sentimientos que te llenaban la boca de amaneceres. Los mismos que con su belleza no te dejaron ver que cuanta más luz había, más tarde era para todo lo demás.
Pero sé que por mucho que te lo explique, tú no lo entenderás, sino que también correrás a abrazarte al poeta como una sombra descosida que no quiere irse por no tener que regresar.
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Suena: la banda sonora de mi ventana abierta.
Desde mi ventana: La Sierra, recién nevada, se recorta sobre un cielo azul de blancas nubes bajas.





Este relato también puedes encontrarlo en mi libro: Mi propia ingravidez.

viernes, 17 de febrero de 2012

La coordenada en que te escaparás.

-Entonces, supongo que tendré que fiarme...
-No, no te fíes nunca de mí.
-¿Cambias rápido de parecer?
-No, no lo sé. Creo que a veces, pues... no puedo ser...

Yo me quise creer tus mentiras porque, aunque falsas, eran las palabras más bonitas que me habían dicho hasta ese momento. Y una siempre sueña con que le digan cosas bonitas, aunque sean mentira o quizás por eso mismo, porque sabía que no eran verdad y, aún así, te atrevías a decirlas.

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Suena: Yo te vi primero, Fede Comín y Zahara
Desde mi ventana: Noche oscura.

sábado, 28 de enero de 2012

Promesas de la niñez.

Se lo habían prometido tantas veces siendo una niña, que había llegado a creérselo; a pensar que sólo le faltaban unos años, unos meses, un poco de experiencia o cualquier otro modo de medir el tiempo, y que acabaría por darles la razón, porque siempre la habían tenido. Se había aferrado a esas palabras con la rabia de la impotencia, con el secreto que guardaban otros bajo la lengua, quizás en el paladar o puede que en las cuerdas vocales, pero que jamás traspasaba los confines de los labios.
Había escuchado tantas veces esa frase en cada una de sus consabidas variantes que, por repetición, la había adoptado como axioma...

-Lo entenderás cuando seas mayor.
-Aún eres muy niña para entenderlo.
-Eso son cosas de mayores.
-No tengas prisa, todo a su tiempo.
-Tú no lo entiendes.


Pero se había equivocado al creerles.
Había descubierto que la rabia que sentía entonces, cuando nadie le daba las respuestas que necesitaba, era exactamente igual a la que sentía ahora que, siendo ya mayor, ni siquiera ella misma era capaz de encontrarlas.

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Suena: I will let you go, Daniel Ahearn
Desde mi ventana: es de noche y en la casa de enfrente hay una luz encendida.

jueves, 15 de septiembre de 2011

¿Dónde?

¿Dónde van todas esas palabras que no llegan a pronunciarse, que se quedan en el aire interpuesto, en los andenes, en los labios, en los suspiros o grabadas al margen de los apuntes, del periódico o en la puerta de un servicio? ¿Dónde quedan todas esas confesiones a media voz, esos pensamientos que delatan más que cualquier gesto, que cualquier risa y que por la noche parecen inamovibles hasta que amanece y la luz del primer sol les resta la importancia que impedía el sueño? ¿Dónde quedan todos esos traspiés sentimentales, esas torpezas complementarias al sujeto del verbo? ¿Dónde queda quitarse la piel, que no la ropa, y desvestir al alma ? ¿Dónde...?

Probablemente, en muchos sitios.

Quizás en una canción de Battisti...


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Suena: Io vorrei... non vorrei... ma se vuoi, Lucio Battisti

Desde mi ventana: hoy escribo de espaldas a la ventana, pero el cielo está azul.

viernes, 2 de septiembre de 2011

¿En septiembre qué va a pasar?

Septiembre de nuevo se ha colado en el calendario, con sus mañanas calurosas y sus noches frías, con sus cielos que presagian lluvia bajo la luz de un hiriente sol, como dice mi madre, 'de esos que pican'. Septiembre es el mes feo, el eterno lunes del año, el vértigo ante el precipicio y la reflexión, junto con enero, del porqué de nuestras vidas. Todo el mundo se hace propósitos de enmienda, preguntas para las que cree haber hallado una respuesta y una lista de cambios que, como siempre, se queda en eso, una mera lista. Y van desde estudiar de continuo hasta arreglar la habitación y los apuntes del año anterior. O también pasan por apuntarse a un gimnasio y dejarse de morder las uñas. Quizás, qué sé yo, septiembre sea un año nuevo improvisado, donde se cae el moreno veraniego, se brinda con nuevos horarios en lugar de champagne y no se cantan villancicos sino los anuncios del Corte Inglés con su odioso volver a empezar otra vez.

Lo confieso, septiembre sólo me gusta por la canción de Víctor Jara; y, a veces, ni por eso.

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Suena: Septiembre, Víctor Jara.

Desde mi ventana: nada de cielo, todo son nubes, alternando las blancas con las negras, como en el ajedrez, pero con un toque azul grisáceo en las del fondo. Cielo totalmente de septiembre.

sábado, 27 de agosto de 2011

Preguntas que a veces torturan.

Las comparaciones son odiosas y, aún así y a sabiendas, las seguimos haciendo, como una adicción más a la que dejar que el cuerpo sucumba.
Quizás empiezan con aquella insoportable pregunta de a quién quieres más, si a mamá o a papá, mientras tú, aterrado, te cuestionas si de verdad quieres a uno más que a otro y te invade el pánico al pensar que puede que sí, que quieras a uno más que a otro sin que seas del todo consciente de ello. Conforme vas creciendo, la comparación se enrarece y se vuelve peor, y ya no es una pregunta absurda, sino una auténtica competición darwiniana con el mengano de la clase que saca buenas notas, a ver si aprendes un poco de él, o con el fulano que no estudia y no querrás acabar como él, hecho un desgraciado; porque en los extremos, donde reside la comparación misma como una entidad casi platónica, ésta se desdobla y se compara consigo misma o con su aliento más pestilente que es el del miedo. Todo ello sin olvidar ese modo extraño de comparación revestido de justicia equitativa entre hermanos o amigos, el compartir a pares iguales castigos y bolsas de chucherías, sin importar de quién fuera la culpa o quién hubiera sido merecedor de tales galguerías.
Incluso se hace presente en su invisibilidad más dolorosa en ese solidario abrazo que muestra la infelicidad frente a la dicha; o en el beso que se torna premio de consolación, segundo plato, que aunque se prefiera la carne antes que la sopa o la ensalada, sigue siendo un mero segundo plato, y oye, hay primeros platos que son tan fuertes que de seguido se pasa al postre cuando no al regusto amargo del café; o en la mirada que asiente aunque no sienta, y da la razón porque, qué se le va a hacer, las comparaciones son odiosas pero nos han enseñado a vivir con ellas.

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Suena: un estribillo pegadizo en inglés, una canción de REM.

Desde mi ventana: el faro en la inmensidad de un cielo estrellado.