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domingo, 23 de abril de 2017

¡Feliz Día del Libro!

¡Feliz Día del Libro, ingrávidos! 
Mi regalo hoy no es ni una rosa ni un libro, sino ¡un vídeo! Aquí os dejo "Página par, página impar", texto incluído en el libro "Mi propia ingravidez". En esta ocasión me acompañan las geniales manos de la pianista Maria Garcia Navarrete. ¡Mil gracias, bonita! 
Espero que os guste. La edición se puede mejorar, pero a todo se aprende en esta vida. 
Un abrazo, libros y rosas para todos. 

¡Nos vemos el sábado en la Feria del Libro de Granada! Ya sé que lo sabéis y que soy una pesada, pero es mi primera feria y estoy muy emocionada (¡toma pareado!). Estaré en la caseta de Esdrújula, la 38, firmando de 20.30 a 22.00.

sábado, 11 de marzo de 2017




Alguno de mis vecinos pone todos los sábados la misma canción y por mi ventana se mezclan los compases con las voces infantiles que reclaman a sus abuelos. Entonces me los imagino bailando, agarrados de la mano y vencidos en el cuerpo del otro; los pienso con movimientos suaves y quedos, con la mirada baja y el beso en la frente y los labios. Y luego la impertinencia infantil que rompe el momento, que le tira a ella de la falda o a él de la camisa; y supongo que ellos acogen esa tiranía con la sonrisa dulce y cansada de quien sabe que el próximo sábado seguirán debiéndose un baile.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Novedades: ¡Estreno canal de Youtube!

Anoche, Fran Fernández volvía a casa por Navidad y me invitó a compartir el escenario de La Tertulia con él. Este es el mágico momento en el que mis palabras bailaron al son de su música. Feliz de habernos encontrado en el camino.



Espero que lo disfrutéis, queridos ingrávidos. Este es el primero de varios vídeos que iré subiendo y que podréis encontrar en mi canal de Youtube y en la pestaña de Vídeos. Ya sabéis que mi relación con la técnica (guiño, guiño, heideggerianos que andáis por ahí sueltos) es de amor-odio, así que echadme un poquito de paciencia... 

jueves, 8 de diciembre de 2016

Recuerdo de Edimburgo

El sol entra por la ventana y calienta el escritorio y el lomo de Malena, tumbada sobre los apuntes ignorando que Locke provenía de una familia de parlamentaristas. La miro y pienso: «De todos los lugares de la casa, tuvo que enroscarse sobre mi temario»; y a falta de cigarrillos en blanco y negro, bebo un sorbo del té que se enfría lentamente a un lado. Ni siquiera el trino de los pájaros consigue despertar en ella un mínimo interés; sus orejas, siempre atentas, apenas sí se mueven ahora.
Mi vecino ha puesto música y suena a los años cincuenta. Me imagino abrazada a tu cuerpo, con la cabeza sobre tu hombro, con las luces bajas y me pregunto si él también estará bailando en el salón de su casa. Son los compases de Only you y, de pronto, quisiera pasarme lo que queda de día anclada a tus brazos y a esa canción. Nos imagino envejeciendo juntos, como en cualquier película de lágrima y sonrisa fácil, pero no te lo digo -lo escribo, que es peor, pero a estas alturas tampoco vas a sorprenderte con esta confesión.
Malena se ha subido al alféizar y los compases se repiten con intervalos de silencio -tal vez sean besos. La Sierra, al fondo, está tan blanca como el lomo de la gata y se me van los dedos de las manos si cuento los años que hace que no la piso. Me digo que tenemos que subir un día de estos y qué fácil resulta hacer planes cuando se tienen tantas cosas que hacer, me añado a mí misma mientras vuelvo a los folios. Escribo y rasgo el papel: «Hume, vida y obras», y el bolígrafo refleja este sol como si diciembre me sacara la lengua y Malena trata de atraparlo -el bolígrafo y puede que diciembre también- entre sus garras. Tintinea su cascabel y el grito de un niño llamando a su abuelo para que le mire me transporta sin remedio a los días eternos de la infancia.
«Hume, vida y obras», me repito con falsa disciplina y pocas ganas. Cualquiera se concentra con tanta vida al otro lado de la ventana, con la paz que traen los domingos, aunque hoy sea jueves y festivo -o precisamente por eso, porque es jueves y festivo, y llevamos la semana plagada de domingos. Esa melodía lejana, puede que desde un tocadiscos para hacerlo todo aún más idílico, me confirma por cuarta o quinta vez que only you can make this world seems right… Recuerdo entonces Edimburgo y la estatua de David -total, ya hay más que familiaridad con él- a un lado de la Royal Mile y las esperanzas de tantos estudiantes depositadas en el dedo gordo de su pie. Nos recuerdo helados de frío y cagados de miedo la noche que vimos su tumba en el cementerio y la ciudad a nuestros pies, sus luces y sus fantasmas, y lo abrazados que nos dormimos después. Recuerdo Edimburgo, sus intrincadas calles, sus empinadas cuestas y mi asfixia subiendo al extinto volcán, when you hold my hand I understand the magic that you do, el semáforo en el que nos besábamos día tras día porque siempre estaba en rojo y los callejones que te detenías a fotografiar. Y parece que haga siglos de aquella lluvia, de la cafetería, de los haggies y de la paella con romero; hoy que es otra la paella que me espera en la mesa, hoy que el sol se refleja en la nieve de nuestra Sierra, hoy que bailan en el salón de al lado y un niño llama a su abuelo para que le mire. Malena hace otro tanto y se tumba boca arriba sobre los apuntes para que le rasque la barriga; de un momento a otro se cansará y se revolverá con furia, agitando sus patas y clavando sus uñas en mi brazo.
La música ha dejado de sonar y ya sé que escribiré este texto. Cuando termines de leerlo, llámame. Sé que no podrás prometerme que volveremos, pero para poner el punto final fingiré que al otro lado del teléfono tu voz -«¿tú quieres?»- me lo prometerá y, aunque luego nunca volvamos, afortunadamente Hume no se tiene por qué enterar.
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Suena (por cortesía de mi vecino): Only you (and you alone), The Platters.
Desde mi ventana: El sol cae sobre algunos tejados y Malena vigila atenta sus rayos.

viernes, 18 de mayo de 2012

Cielito lindo.

Este relato podrás encontrarlo en mi próximo libro: Mi propia ingravidez.

jueves, 15 de septiembre de 2011

¿Dónde?

¿Dónde van todas esas palabras que no llegan a pronunciarse, que se quedan en el aire interpuesto, en los andenes, en los labios, en los suspiros o grabadas al margen de los apuntes, del periódico o en la puerta de un servicio? ¿Dónde quedan todas esas confesiones a media voz, esos pensamientos que delatan más que cualquier gesto, que cualquier risa y que por la noche parecen inamovibles hasta que amanece y la luz del primer sol les resta la importancia que impedía el sueño? ¿Dónde quedan todos esos traspiés sentimentales, esas torpezas complementarias al sujeto del verbo? ¿Dónde queda quitarse la piel, que no la ropa, y desvestir al alma ? ¿Dónde...?

Probablemente, en muchos sitios.

Quizás en una canción de Battisti...


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Suena: Io vorrei... non vorrei... ma se vuoi, Lucio Battisti

Desde mi ventana: hoy escribo de espaldas a la ventana, pero el cielo está azul.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Una canción.

-Bonita canción.
-Sí... Por cierto, ¿sabes qué?
-Dime.
-Antes, cuando me fui, lo hice para tocarla.
-¿Sí?
-Sí.

Y, por un instante, se sintió más cerca. Como si las notas musicales de las que tan poco sabía, hubieran acortado las distancias, y en lugar de escuchar aquella canción desde el Youtube lo hubiera hecho a través del deslizar de sus dedos...

No se lo dijo.
Pero estuvo a punto de hacerlo.

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Suena: Come what may, BSO Moulin Rouge
Desde mi ventana: Sorprendentemente, y tras el diluvio de los últimos días, luce el sol, el cielo está azul y las nubes que lo cruzan son blancas. Parece que el peligro ha pasado, aunque con septiembre, nunca se sabe...

viernes, 14 de mayo de 2010

¿Qué debe ser vivir?

Curiosa pregunta, ¿verdad?

Imaginen por un momento, un enorme recinto cerrado, un auditorio, por ejemplo, el Palacio de Congresos de Granada. Imaginen también un escenario, el salón de un piso, un sofá rojo, un mueble bar, libros y un globo terráqueo, por poner, incluso una cocina que no se ve, pero que, de tener hambra, sabríamos que podríamos encontrar tuppers de cocido en la nevera. Imaginen una vez más que las luces se apagan, que empiezan a salir músicos y que, en un momento de locura y de delirio colectivo, aparece, digamos... Ismael Serrano. Bien, dejen de imaginar. Ayer, 13 de mayo (felicidades de nuevo, Fátima) yo estaba en el Palacio de Congresos de Granada, en un escenario que invitaba, nunca mejor dicho, a sentirse como en casa y en la inmejorable compañía de Ismael y sus canciones.

Quizás, para alguien que no me conozca, puede resultar ésta, una crónica de quinceañera a punto de desmayarse. Quizás sea un poco así. Bueno, espero que no. Lo que pasa es que a veces nos avergonzamos de los sentimientos que nos pueden suscitar acordes, voces y melodías. Porque nos da miedo reconocer que no somos insensibles al mundo que nos rodea, que tenemos un corazón que se emociona con las pequeñas, y con las grandes, cosas. Porque tememos ser de ese modo más vulnerables, derrumbar los muros de nuestra propia fortaleza. Porque creemos que eso son cosas de niños.
Pues bien, lo reconozco. Soy una niña.
Y anoche sólo me faltaron las coletas, porque las chuches las llevaba en el bolso.

Zona D, fila 5, asiento 14.
Escrito así me recuerda a las coordenadas de algún mapa que condujese al tesoro escondido, quizás en una isla, quizás en algún corazón solitario. Ahí estaba yo, al lado mi amiga Irene, y en el escenario, Ismael. ¿Tres íes? Me acabo de dar cuenta, qué gracioso... Y bueno, acabo de leer en el IDEAL digital que el concierto empezó con veinte minutos de retraso; la verdad, es que no me di ni cuenta. A mí me supo a poco.
El tiempo es algo sumamente relativo y, siempre pasa lo mismo. Cuando uno está agusto parece que las manecillas se empeñen en correr, mientras que, en el caso contrario, se lo toman tranquilamente.

Pero bueno, me dejo ya de prólogos y paso a hablar de las canciones. Que no sé por qué, pero me da que se me está quedando bastante larga. Si es que me cuesta eso de no expresar cada una de las ideas que cruzan esta cabecita loca...

La primera de las canciones que sonó fue Vuelvo, del nuevo disco. ¿Volviste, Ismael? Nunca te habías ido. Después vinieron otras canciones como Espejismo, también de Acuérdate de vivir. La tercera, Amores Imposibles, que introdujo con un pequeño diálogo:

-Señor Bergia, ¿usted cree en los amores imposibles?
-Yo creo que sí.
-O sea, ¿qué existen los amores imposibles?
-Pues parece que sí.
-Pues ¿sabe qué? Yo creo que no. Creo que si existieran amores imposibles sería un oxímoron. Creo que son términos contradictorios que no debieran conjugarse jamás en una misma frase, porque finalmente no hay que dar nunca ninguna batalla por perdida y la excusa más cobarde suele ser siempre culpar al destino...


Cómo me gustaría creerte, Ismael, cómo me gustaría pensar que llevas razón, que el oxímoron no debía ser más que una figura literaria y que las batallas no se pudieran dar nunca por perdidas, más aún si las libra el corazón... ¿Que si lloré? Pregunta absurda. Las lágrimas ya habían empezado con la primera de las canciones, pero negar que esta tuvo algo especial...

Después sonaron Ya ves y Te vas, canción que me emociona. Que me recuerda, como tantas otras, a un corazón que me dejó el mío por la mitad. Él también se fue a la ciudad definitiva, se fue sin mí y yo tampoco le fui a despedir. Una historia más, una canción más, sentimientos quizás encontrados o tristemente desgastados.

El virus del miedo me recordó que tengo que seguir siendo una valiente y enfrentarme a todo aquello que creo que se me queda grande, a todo lo que me asusta incluso, y con perdón, a lo que realmente me acojona. A las cosas importante, pero importantes porque me importan, no porque objetivamente lo sean.

Luego le siguieron Regalo para un primer cumpleaños y La huída. Lo siento, me voy a extender, lo sé. Pero La huída es mi preferida. Sin lugar a dudas. Amo la sencillez de la historia y siento una gran envidia de esa muchacha que, como yo, tampoco sabía mentir y va aprendiendo a base de... no sé, a base de experiencia, supongo. La candidez con la que se mezclan las palabras más dulces y tiernas con los deseos más profundos. Y yo, la cantidad de veces que he apretado contra el pecho la carpeta, sintiendo el peso del mundo, la forma en que oprimía, las veces que me he derrumbado sobre la acera y, pese a todo, he seguido andando y recorriendo esa eterna calle en la soledad que me invitaba a evocar el mar del sur y de tus ojos. Esta canción me recuerda a ti, lo siento. Hay cosas que son inevitables. Y ésta es una de ellas.

No reconozco, Vértigo, Mensaje en el contestador... ¿cómo no detenerme en cada una de ellas? Bueno, haré un esfuerzo. Sólo diré que la última, es de mis favoritas del disco. Breve pero intensa. Ya quisiera yo un mensaje así en el contestador, aunque claro, lo tengo desactivado... Cuando escucho esta canción me dan ganas de ponerlo otra vez, sólo por si alguien tuviese la genial idea de dejarme grabada su voz; pero va a ser que no.

Después sonaron los compases de Si se callase el ruido; curiosamente, cuánto más la escucho, más me gusta y eso que al principio no me hacía demasiada gracia. A continuación, Recuerdo, esencial e indiscutible en la discografía de Ismael, una historia de amor hecha melodía. Ahí volví a agradecer la ausencia de maquillaje, y muy especialmente del rimmel; habría sido una auténtica catástrofe de ríos azabache... aunque no tan dolorosa como ese viaje en metro, como esos bostezos cómplices que presagiaban un desasosiego más para el continuo latir, tal vez demasiado real, un clavo ardiendo, el del mismo adverbio quizás, el de la esperanza.

Ya quisiera yo, Balance, No estarás sola... ¿de verdad, Ismael? ¿Me lo prometes? Igual que se le promete a los niños que los monstruos no habitan en la oscuridad, igual que los enfermos nos aseguran que todo saldrá bien mientras contemplan por última vez, igual que en silencio se prometen besos que nunca llegan, igual que nos aseguran día tras día que veremos un nuevo amanecer... miénteme si hace falta, Ismael, pero prométemelo cada vez que le dé al play, cada vez que estropee tu voz con la mía.

La extraña pareja, Podría ser y Sucede que a veces. Final del concierto, con una canción que me anima especialmente, que me recuerda que todo puede cambiar de un momento a otro, que los días grises pueden acabar azules. Pero, ¡ay Ismael! Somos un público insaciable y no nos importó desgañitarnos al grito feroz de ¡Otra! ¡Otra! Así que apareciste otra vez en escena. Al bando vencido y Tierna y dulce historia de amor. Mi locura ahí fue máxima. Adoro la historia entre la colegiala y el político. Fue sentir los primeros compases y lo tuve más que claro. Me levanté de mi asiento y, de pie, me puse a cantar y a bailar, a dejarme inundar por la música, a que me abrumasen los sentimientos, a vivir y a sentirme viva.

¿He dicho ya que éramos un público insaciable? Las luces del Palacio de Congresos dieron por finalizada la actuación, pero nosotros seguimos coreando y dando patadas en el suelo, yéndosenos la vida en ello. Por un momento temí que la estructura cediera, pero está bien curtida a base de públicos como el de anoche y resistió. Igual que lo hicieron nuestras voces, los gritos que escaparon a nuestras gargantas cuando él, el cantautor, Ismael Serrano, apareció de nuevo. Abandoné mi asiento 14, fila 5, zona D para bajar a los pies del escenario, para sentir su cercanía y el calor de todos los que también habían abandonado sus asientos para entregarse a las últimas canciones, para dejarnos juntos la voz con Eres, la descripción que cualquiera desearía oír de labios de la persona amada, y con Papá cuéntame otra vez, con una fuerza y una furia desatadas que no podrían recogerse en palabras.

Porque hay cosas que o se viven o se viven. No hay otra opción, ni siquiera una segunda posibilidad.


El reloj marcaba más de las doce. El cuento de la Cenicienta se iba acabando. Pero, por suerte, no perdí ninguno de mis tacones y mi hada madrina parece que estuvo más generosa de lo habitual porque tuve la genial oportunidad de estar con Ismael que, pacientemente, esperó a los que nos habíamos congregado para robarle un poco más de tiempo, para hacer eterno el instante y el recuerdo algo tangible. Me firmó el disco y se sacó una foto conmigo, actual foto principal del Tuenti, por supuesto. Pero lo más importante, pude darle una carta que tenía para él. Sí, si alguien ha llegado hasta aquí en su lectura, rematadamente pensará que soy como una quinceañera estúpida y todo eso. Pero me da igual. Cumplí con mi sueño, con mi ilusión y con mi locura, ¡y hay que cometerlas para decir que hemos vivido!

Así que retomo la pregunta inicial, ¿Qué debe ser vivir? Aún no lo tengo demasiado claro pero, por el momento, creo que disfrutar de nuestra estancia aquí, en la Tierra, pasear como si fuese un día de lluvia, saber disfrutar de los momentos... Memento Vivere.


Para Isa, nos vemos pronto, para seguir recordando qué debe ser vivir

De nuevo, gracias, Ismael.
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Suena: ¿Alguien tiene duda de lo que sonaba mientras escribía esta entrada?
Desde mi ventana: pues un poco de todo, porque la entrada la escribí entre la tarde y la noche así que... sucesión de cielos, nubes y colores que me acompañan en mi recuerdo.

jueves, 4 de marzo de 2010

La arena de los relojes hizo crecer el desierto.

¿Sabes lo que pasa cuando escuchas música?
Que lo tienes todo claro por un momento.
Y en ese momento su lenguaje te da coraje,
para arriesgarte y te das cuenta de que nunca es tarde.

El otro día me tropecé con estas frases de Lloro, de Ámbito Kinitoh.
Me quedé totalmente sorprendida, pese a haber escuchado esta canción bastantes veces sin una mayor trascendencia. Y es que tiene toda la razón. O, por lo menos conmigo, ha dado justo en la diana. Cuando escucho música, cuando me identifico con el sonido y, más allá de éste, con las palabras, la historia que encierra y todo aquello que pretende transmitir, siento que el mundo está en armonía conmigo, lo tengo todo claro, veo las cosas desde otro cristal.
Y sí, lo reconozco, me siento valiente, me dejo inundar por ese torbellino de impresiones, de ideas. Y creo que puedo hacer cualquier cosa y pienso y decido qué aspectos de mi vida no me gustan y cómo voy a cambiarlos. Y sé que soy fuerte, y sé que soy capaz, que tan sólo me falta chasquear los dedos para que todo sea perfecto.
Sin embargo, las canciones también acaban, llegan a su fin.
Y vuelve el miedo, el maldito y condenado miedo que arruina lo mejor, lo que verdaderamente sale de dentro de cada uno.
Pero el miedo se puede vencer; las agujas del reloj no.
Lo curioso es que siempre se nos olvida, e invertimos los términos. Por mucho que cambiemos la hora, adelantemos o atrasemos unos minutos, el tiempo escapa a nuestras manos...
Y no hay nada peor que llegar tarde al mundo real.
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Suena: el ventilador del ordenador y el rítmico, pero frenético, teclear de mis dedos; esta entrada quería escribirla en silencio...
Desde mi ventana: las nubes se pasean por el cielo oscuro, alguna luz perdida impacta contra la fachada de enfrente y juega a crear sombras, acaso reminiscencias...