jueves, 8 de diciembre de 2016

Recuerdo de Edimburgo

El sol entra por la ventana y calienta el escritorio y el lomo de Malena, tumbada sobre los apuntes ignorando que Locke provenía de una familia de parlamentaristas. La miro y pienso: «De todos los lugares de la casa, tuvo que enroscarse sobre mi temario»; y a falta de cigarrillos en blanco y negro, bebo un sorbo del té que se enfría lentamente a un lado. Ni siquiera el trino de los pájaros consigue despertar en ella un mínimo interés; sus orejas, siempre atentas, apenas sí se mueven ahora.
Mi vecino ha puesto música y suena a los años cincuenta. Me imagino abrazada a tu cuerpo, con la cabeza sobre tu hombro, con las luces bajas y me pregunto si él también estará bailando en el salón de su casa. Son los compases de Only you y, de pronto, quisiera pasarme lo que queda de día anclada a tus brazos y a esa canción. Nos imagino envejeciendo juntos, como en cualquier película de lágrima y sonrisa fácil, pero no te lo digo -lo escribo, que es peor, pero a estas alturas tampoco vas a sorprenderte con esta confesión.
Malena se ha subido al alféizar y los compases se repiten con intervalos de silencio -tal vez sean besos. La Sierra, al fondo, está tan blanca como el lomo de la gata y se me van los dedos de las manos si cuento los años que hace que no la piso. Me digo que tenemos que subir un día de estos y qué fácil resulta hacer planes cuando se tienen tantas cosas que hacer, me añado a mí misma mientras vuelvo a los folios. Escribo y rasgo el papel: «Hume, vida y obras», y el bolígrafo refleja este sol como si diciembre me sacara la lengua y Malena trata de atraparlo -el bolígrafo y puede que diciembre también- entre sus garras. Tintinea su cascabel y el grito de un niño llamando a su abuelo para que le mire me transporta sin remedio a los días eternos de la infancia.
«Hume, vida y obras», me repito con falsa disciplina y pocas ganas. Cualquiera se concentra con tanta vida al otro lado de la ventana, con la paz que traen los domingos, aunque hoy sea jueves y festivo -o precisamente por eso, porque es jueves y festivo, y llevamos la semana plagada de domingos. Esa melodía lejana, puede que desde un tocadiscos para hacerlo todo aún más idílico, me confirma por cuarta o quinta vez que only you can make this world seems right Recuerdo entonces Edimburgo y la estatua de David -total, ya hay más que familiaridad con él- a un lado de la Royal Mile y las esperanzas de tantos estudiantes depositadas en el dedo gordo de su pie. Nos recuerdo helados de frío y cagados de miedo la noche que vimos su tumba en el cementerio y la ciudad a nuestros pies, sus luces y sus fantasmas, y lo abrazados que nos dormimos después. Recuerdo Edimburgo, sus intrincadas calles, sus empinadas cuestas y mi asfixia subiendo al extinto volcán, when you hold my hand I understand the magic that you do, el semáforo en el que nos besábamos día tras día porque siempre estaba en rojo y los callejones que te detenías a fotografiar. Y parece que haga siglos de aquella lluvia, de la cafetería, de los haggies y de la paella con romero; hoy que es otra la paella que me espera en la mesa, hoy que el sol se refleja en la nieve de nuestra Sierra, hoy que bailan en el salón de al lado y un niño llama a su abuelo para que le mire. Malena hace otro tanto y se tumba boca arriba sobre los apuntes para que le rasque la barriga; de un momento a otro se cansará y se revolverá con furia, agitando sus patas y clavando sus uñas en mi brazo.
La música ha dejado de sonar y ya sé que escribiré este texto. Cuando termines de leerlo, llámame. Sé que no podrás prometerme que volveremos, pero para poner el punto final fingiré que al otro lado del teléfono tu voz -«¿tú quieres?»- me lo prometerá y, aunque luego nunca volvamos, afortunadamente Hume no se tiene por qué enterar.
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Suena (por cortesía de mi vecino): Only you (and you alone), The Platters.
Desde mi ventana: El sol cae sobre algunos tejados y Malena vigila atenta sus rayos.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Sobre el tapete verde

Teníamos todas las de perder y por eso no nos importó hacerlo. Con el cansancio de quien se ha arrojado desde todos sus precipicios, te mostré las cartas en la primera mano: «O vas o te achicas». Mis ojos escudriñaban tu iris y tu pupila, tan impasibles como si tuvieras varias vidas. Y fuiste; fuiste para subir la apuesta: «No soy de los que se achantan», respondiste sin quitarme la vista de encima. «Ni yo voy de farol», te advertí y comencé a desnudar mis heridas: «¿Ves esta? Es la de la adolescencia. Y aquella otra es el recuerdo de unos labios que me quemaron las comisuras; en comparación, a qué poco saben los besos que traen billete de vuelta. En el otro costado tengo una cicatriz horrorosa, pero esa me da vergüenza que la veas porque de vez en cuando sigo hurgando en ella». Barajabas como si nada, como si todo, pero cuando cortaste el mazo también te partiste en dos: «Siempre será especial por mucho que ya no la quiera», y supe que no podría competir jamás con el recuerdo de ella. «¿Sabes? Cualquier baraja trae cuatro reinas y tú eres la tercera», susurraste y te imaginé quitándome las medias. Sin embargo, temblabas más tú que mis piernas: «Parte y reparte, que de esas historias ya estoy muy de vuelta». La mano fue a tu favor y me contaste las costillas de dos en dos: «¿Cuál será en la que te detengas para hablar de mí?», preguntaste con tanta nostalgia como certeza. Me reí porque habíamos empezado a dar mucha pena: «Supongo que podría ser en cualquiera». Las besaste para barrer resignado la mesa: «Cualquiera estará bien», y sonreí satisfecha.
Te pedí la revancha y las cartas volvieron a colarse entre nuestros dedos. Teníamos todas las de perder y por eso nos la jugábamos; por eso perdíamos y por eso no nos importaba demasiado hacerlo. Las derrotas sólo eran horas muertas de las que, afortunadamente, podíamos perder la cuenta.
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Suena: Mad World, Michael Andrews ft. Gary Jules.
Desde mi ventana: hoy escribo frente a un ventanal del que cuelgan cintas y otras plantas verdes, pero sé que fuera la Sierra luce hermosa su manto de nieve blanca. Ha empezado a hacer frío de verdad y yo siento que Sabina me ha robado, además de abril, los otros meses del año.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Presentación de "Mi propia ingravidez" en Madrid.

Revelo las fotos que me gustan por los mismos motivos por los que sigo leyendo los libros en papel.
Este recuerdo que os cambio por el texto de los #juevesingrávidos tiene ya algo más de cuatro años. Fue la primera vez que estuve en el Libertad. Quién me iba a decir entonces que tanto tiempo después iba a estar allí presentando mi libro. A veces los sueños se cumplen. 

Lunes, 07/11. Presentación de Mi propia ingravidez a las 19.00 en el Libertad 8

jueves, 27 de octubre de 2016

"Estaré a tu lado y contemplaré tu belleza como quien admira hoy un templo griego y no teme a sus dioses porque sabe que dejaron de habitarlo hace siglos."

Que por mí sí quede

No voy a correr detrás de tu sombra ni llevaré aguja e hilo por si acaso se te descose y me necesitas. No te mostraré las palmas de mis manos, abiertas y surcadas por tantas líneas que quizá nuestro futuro estuviera en alguna de ellas y, ya ves, cierro el puño sin que se destruya, sin que se desdibuje. No te cogeré del brazo como quien no quiere la cosa en mitad de un paseo ni tu teléfono sonará a una de esas horas para las que mi voz se excuse preguntándote si es demasiado tarde para charlar un rato. No te miraré fijamente a los labios ni pensaré cómo sería besarlos, me conformaré con la cortesía y algún que otro arrebato, alguna exaltación o esperaré a que tu equipo favorito gane ese partido decisivo. Estaré a tu lado y contemplaré tu belleza como quien admira hoy un templo griego y no teme a sus dioses porque sabe que dejaron de habitarlo hace siglos. Y te veré envejecer el tiempo que quieras mostrarme tus canas, tus arrugas y las heridas de la vida que se van volviendo costra sobre la piel y la juventud. Beberemos vino y no nos parecerá un exceso, comentaremos la última analítica y los pagos de una hipoteca que nunca será nuestra. O puede que desaparezcamos y sea una canción la que nos haga volver en medio de un atasco de camino al trabajo o en una carretera al comienzo de un viaje. No te contaré todo lo que te ofrecerían mis brazos, mi pecho y mi regazo. No te hablaré de lo contagiosas que pueden llegar a ser mis carcajadas porque tú también te has reído con ellas y nuestra felicidad ha sido un eco lejano.
Llega una edad en la que aprendes a cambiar el instinto suicida por algo que no sé cómo se llama, pero que acalla los condicionales, los “¿y si…?” dejan de atormentar y hacen cierta compañía. Una edad en la que ya no es tan seductor eso de arrojarse a los callejones tortuosos de la vida para insistir una vez más sólo porque el último brillo en sus ojos, la última palabra en su boca, el último gesto de sus manos se queda clavado en la retina y parece una invitación, la última quizá, para seguir intentándolo.
Ahora te imagino y sonrío pensando que ojalá esa edad me hubiera sobrevenido hace años.
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Suena: Gigante con miedo, Fran Fernández
Desde mi ventana: El sol se cuela tímido por la calle, rompe el gris del cielo y del empedrado. El balcón de enfrente, como siempre, está cerrado. No es mi ventana, pero podría serlo.

domingo, 23 de octubre de 2016