jueves, 12 de enero de 2017

Cae la noche

 Cae la noche tenue primero y luego oscura, cae silenciosa y vacía después de haber visto más estrellas en tus ojos que en el firmamento. Cae esta noche por su propio peso, por el de toda esa luz que cobijas cuando te ríes, y qué bonita es esa risa cuando es sincera, y qué lejana se me antoja desde que ya no me esperas. Cae la noche y estos dedos, lentos y torpes, aporrean las letras y las teclas, y si la vida es una delgada línea, se empeñan en engrosarla con absurdas yuxtaposiciones o conjunciones copulativas, y te claman y te nombran y ya no me esperas.
  Cae esta noche a mis espaldas y la ciudad se viste de feria, titilan sus neones y la fluorescencia de sus farolas, y yo quisiera ser sombra que se oculta en sus fachadas o puerta entreabierta que golpea sin cesar, tal es mi insistencia. Cae la noche, bien lo sabes, y desde tu ventana te asomas a una calle desierta, te asomas despistado mientras hierve el agua o se hace la verdura a la plancha o te llevas a la boca cualquier cena.
  Cae la noche y el día por fin pasa y, con él, esta manía de pensarte también se acaba. Cae la noche y yo rendida tan lejos de tu cama. 
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Suena: el cascabel de Malena.
Desde mi ventana: cae la noche, como no podía ser de otra manera.

domingo, 8 de enero de 2017

      
   Y yo que odiaba los domingos, que eran días de guardar como guardan la tristeza las páginas dobladas de un libro, como guarda el alcohol la copa rota. Yo que los odiaba y los sentía como agujas sin hilo por mi cuerpo, como si me descosieran entera y todos mis órganos se desparramaran. Yo que los odiaba hace tantas vidas y aprendí a quererlos volviendo de noche en un coche vacío, sin más copiloto que las canciones de Ismael y la sensación de que las luces de la ciudad tenían algo de canto de sirena. Yo que aprendí a quererlos con el resentimiento del vencido, pero con la tregua que da la ausencia de guerra. Yo que te nombré tantas veces en domingo y fue en domingo que tus labios me dejaron dos mariposas durmiendo en las mejillas. Qué tendrá el final de la semana que siempre impregna de regusto nostálgico el paladar.

    Pero hoy es domingo, como el día que te fuiste. Y en la calle huele a humo y a leña y los domingos vuelven a ser hogar porque por fin regresas.

jueves, 5 de enero de 2017

Tu puerta


Te diría que el otro día pasé por tu calle y me detuve unos instantes frente a tu puerta igual que el asesino regresa al lugar del crimen, aunque el cuerpo y la casa estén fríos, y encuentra cierto placer en ello. Fue un tiempo impreciso y escaso, como si una capa de casualidad pudiera revestir la premeditación de mis pasos, estos pies que piden a gritos que les sea devuelta su rutina y su camino. Fue un tiempo impreciso y escaso, de esos que no llaman la atención ni levantan sospechas entre los vecinos; ya sabes, pasaba por aquí. Me detuve frente a tu puerta y a mis dedos les quemaban las yemas y no encontraron el modo de apagar ese fuego. Podría haber tocado el timbre a sabiendas de que su eco resonaría por la escalera y ya está, que la puerta no se abriría; podría haber salido corriendo como los niños que buscan divertirse a costa de cualquiera. Sin embargo, no hice nada, sólo contemplaba la madera y el edificio desde la otra acera.
Te diría que las ventanas estaban cerradas y la persiana en su sitio, como si acaso ese hubiera sido el motivo de guiar hasta tu calle mis pasos: comprobar que todo estaba en orden. Luego seguí andando y lo demás, las aceras, las obras y los comercios, también seguía igual; jodidamente igual. Suele suceder con las ausencias que el mundo no se detiene a llorarlas, pero estos ojos han sido embalse y pantano, torrente y río, porque estos ojos se deben a mi vida y no al mundo. Llegué hasta la fuente y el agua manaba generosa y fría; cortaban la piel y los labios esa gota torpe prendida en la comisura izquierda de la boca, ese aire con complejo de cuchillo. Y era tan temprano que pareciera que habitaba una ciudad fantasma, una ciudad herida sin tu abrazo.
Te diría que después vino la urgencia de las burocracias a deshacer el hechizo y sus ficciones, que se impuso al recuerdo nostálgico y a la espera vana de escucharte pronunciar, entre todas tus palabras y todas nuestras llamadas, ese verbo que sacude a los amantes, ese que se vuelve acorde rendido y desesperado. Y sin dejarlo todo, si me lo hubieras dicho, no me habría detenido en tu puerta el tiempo suficiente para no levantar sospechas, para constatar que tus ventanas estaban cerradas y que, de toda la ciudad, tu ausencia sólo podía sentirla yo.
Hacía un frío del demonio la mañana que pasé por tu calle y volver al lugar del crimen tampoco pudo reconfortarme.
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Suena: Pasaba por aquí, Luis Eduardo Aute
Desde mi ventana: en el cielo de la noche se adivina alguna estrella y alguna luz en alguna casa.

domingo, 1 de enero de 2017

Anoche brindaste por los precipicios de alguien sin saberlo.


📷 Cliffs of Moher, Co. Clare, Ireland.
📍Para leer el poema completo: "Carta de amor".

sábado, 31 de diciembre de 2016

A mi 2016

Te escribo con la tranquilidad que sólo da el tiempo a quienes han aguardado tantos instantes, apurado hasta el último trago o la calada que quema en los dedos y los labios; te escribo con esa parsimonia que me concede el saber que podré esperar hasta la duodécima campanada y tú no estarás allí para mirarme. Y los dos lo sabremos. Te buscaré en esos otros abrazos, entre el júbilo y el jolgorio, la copa que se vacía con cada brindis y el fuego que prende la leña y danza sinuoso ante mi mirada y tu ausencia. Te buscaré y no te encontraré: has alzado el vuelo como el pájaro libre que ahora eres y en este nido, de ti, sólo quedará un hogareño crepitar. Pero cuánta falta hace ese calor cuando se admira tan orgullosa un vuelo.
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Suena: la celebración de la vida, alguien trasteando en la cocina.
Desde mi ventana: la noche cerrada, la última de un año que tanto me ha dado. 2017, te han dejado el listón muy alto.
No dejéis que un te echo de menos se os quede atravesado en los labios. 365 días después y, salvo por las espinacas, podría haber escrito estas líneas en un rato, cuando cambiase el sol y su cielo raso por la noche cerrada y las luces de la Sierra.

Si queréis leer otro poquito del libro, podéis hacerlo pinchando aquí.