viernes, 12 de noviembre de 2010

Jueves de conferencia.

El jueves por la mañana, en una amplia sala de conferencias, fría cual témpano, bolígrafo en mano y con una mañana un poco tonta, al más puro estilo de las noches idiotas de Rafa Pons...
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Aquel suspiro que dejé colgando en tus labios ha venido a pedirme cuentas con el recibo del sueño que pinté en tu pecho. Tal vez quiera exigir el pago por mirarme en tus ojos, por la cercanía de nuestros rostros y el reflejo en el otoño de tu pupila. O, quién sabe, por aquel beso de sal que hizo caer los muros, como si de las trompetas bíblicas se tratase, resquebrajando la armadura del miedo.
Quizás, tan sólo busca traerte a mi memoria, en un dulce y placentero asalto a traición, una puñalada trapera de sentimientos proporcional al intenso latir, a la desbocada sístole y diástole que provoca tu voz, al silencio que te brindan mis mejillas sonrosadas y que me niegan las palabras, como si la risa nerviosa rompiera una a una las cuerdas de mi garganta...
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No sé; debe tratarse de un suspiro torpe.
De esos que creen que, sin su presencia, no te estaría echando de menos...
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Y, ya ves, qué pobre iluso es el suspiro de tu nombre.
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Suena: la monotonía de la voz de un conferenciante al leer su ponencia...
Desde mi ventana: las ventanas están demasiado altas; lo mismo que yo, a unos cuantos metros sobre el cielo...

domingo, 31 de octubre de 2010

Cambio de hora.

Trazamos un antes y un después, como cada último fin de semana de octubre. Detuvimos los relojes y le robamos una hora al tiempo, haciendo nuestro el carpe diem en su sentido más literal. Sesenta minutos que, sin pretenderlo, sin buscarlos y sin, si quiera, ser conscientes fueron absolutamente nuestros. Doblegamos al viejo Cronos a nuestros pies y los tacones se encargaron de acallar sus gritos con cada paso, cada golpe sordo, seco...
Dispusimos que aquello no acabara nunca y, en un eterno presente fregeano, siempre será verdad que fuimos dueños del momento, que las agujas se atrofiaron y la arena de los relojes se evaporó con el agua de la clepsidra, creando oasis sin espejismos.
Fue real lo irreal.
Y, mientras tanto, el tiempo dejó de transcurrir...



Pero toda Cenicienta tiene sus doce campanadas y, a nosotros, nos asaltó el repicar de las Angustias bajo un paraguas de color naranja...
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Suena: Por debajo de la mesa, Luis Miguel
Desde mi ventana: Se escucha caer a lluvia, pero el cielo está demasiado oscuro como para ver algo...

martes, 26 de octubre de 2010

miércoles, 20 de octubre de 2010

Frío.

Salió del portal con el cansancio aún pegado a sus párpados y el frío cortó en seco un bostezo que parecía reclamar el calor de la manta que había abandonado junto con el último de sus sueños. Un absurdo más que disparatado, sin mucho sentido que había sido intermedio de la verdadera película en la que trajinaba su cerebro. La historia que se contaba a sí misma en la duermevela y que continuaba al despertar, cuando la alarma del móvil le hacía enfurruñarse y pensar que siempre era demasiado temprano...
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Y, sin embargo, para cuando se montó en el autobús, con sus cascos, su carpeta y el resquicio de otro bostezo, ya iba sonriendo.
Hacía demasiado frío como para no sentirse asombrosamente viva.
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Suena: Maggese, Cesare Cremonini
Desde mi ventana: la luz de la lámpara se refleja en el cristal, pero creo que es noche cerrada...

martes, 12 de octubre de 2010

Suerte.

Este relato podrás encontrarlo en mi próximo libro: Mi propia ingravidez.

jueves, 7 de octubre de 2010

Entre asignatura y asignatura...

Las horas de espera suelen ser, por contra, las que más desesperan.
La gente siempre se queja de las colas, de los huecos entre asignaturas o de los viajes demasiado largos. Es cierto, hay un momento en el que se nos acaban las ideas y ya no sabemos qué pensar, qué recordar. Nos molesta la música, las conversaciones ajenas y los paisajes que se desdibujan con la velocidad. Entran en escena el tedio, el hastio y los improperios. Los relojes nos esclavizan a golpe de manecilla y el nuestro nunca marca la misma hora que el de al lado.
Entonces, en ese momento, fluye el subconsciente y todo, pero absolutamente todo, se va al garete.
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Suena: la nada que se hace presente en la facultad a las cuatro y algo de la tarde; básicamente alguna silla que se corre, un golpe seco, una puerta...
Desde mi ventana: hoy escribo frente a un ventanal sucio, lleno de polvo, de manos que se han apoyado y han dejado su huella, incluso de algunas que otras iniciales separadas únicamente por... sí, no es muy original que digamos, pero bueno, me ha hecho sonreír.

domingo, 3 de octubre de 2010

Cenicientas.

Este relato podrás encontrarlo en mi próximo libro: Mi propia ingravidez.

martes, 28 de septiembre de 2010

Volver a empezar, otra vez.

Volvemos a las andadas.
Otra vez los pasillos se llenan de estudiantes y la copistería, de apuntes. Como no podía ser de otra manera. También la dichosa manía de que no se puede entrar a la biblioteca con bolsos y, para variar, el candado tiene que estar en algún sitio, sí, pero, ¿dónde?
Los autobuses se vuelven una odisea por las mañanas y parecen áridos desiertos a eso de las cuatro. Luego, cuando acaban las clases, la Gran Vía vuelve a ser esa calle tan ruidosa de siempre, en la que hay que subir el volumen de la música mientras se valora que la caminata desde la Cartuja merece la pena. Al menos, algo de ejercicio...
Pero, sobre todo, que no falten los propósitos. Los de estudiante modelo, apuntes perfectos, limpios, a dos colores y, muy importante, estudiados desde el primer día. De continuo. Y también los de universitario, salir, conocer gente, organizarse y da tiempo para todo. Después vendrá aquello de salí para una caña, pero me han liado... y, aunque lo sabemos, nos hacemos un poco los tontos y seguimos con nuestra lechera feliz que, entre subrayador e inminente matrícula, ya ha empezado a tropezarse con el primer barril o cafelillo, nada, un rato, que hay que aprovechar que es la primera semana...
Y es que alguna que otra rutina es necesaria para centrar un poco la cabeza, para dejar que la arena se despida de la piel y, lo siento mucho, para que el moreno se nos vaya cayendo y volvamos a ser los rostros pálidos de siempre...
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Suena: K.O. Boy, Luis Ramiro
Desde mi ventana: Ya es de noche. Hay una estrella... ¿será la Polar?

sábado, 25 de septiembre de 2010

París nos dio la espalda.

¡Buenos días!
Hace un par de noches, en un momento de insomnio, no sé por qué, me vino a la cabeza Casablanca. Estuve dándole unas cuantas vueltas a algunas frases de la película y terminé por anotarlas, con la idea de escribir un pequeño texto, una especie de pastiche.
Y nada, que ahí lo dejo.



Este relato podrás encontrarlo en mi próximo libro: Mi propia ingravidez.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Una canción.

-Bonita canción.
-Sí... Por cierto, ¿sabes qué?
-Dime.
-Antes, cuando me fui, lo hice para tocarla.
-¿Sí?
-Sí.

Y, por un instante, se sintió más cerca. Como si las notas musicales de las que tan poco sabía, hubieran acortado las distancias, y en lugar de escuchar aquella canción desde el Youtube lo hubiera hecho a través del deslizar de sus dedos...

No se lo dijo.
Pero estuvo a punto de hacerlo.

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Suena: Come what may, BSO Moulin Rouge
Desde mi ventana: Sorprendentemente, y tras el diluvio de los últimos días, luce el sol, el cielo está azul y las nubes que lo cruzan son blancas. Parece que el peligro ha pasado, aunque con septiembre, nunca se sabe...

jueves, 16 de septiembre de 2010

Calabobos.

Este relato podrás encontrarlo en mi próximo libro: Mi propia ingravidez.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Lluvia de septiembre.

Este relato podrás encontrarlo en mi próximo libro: Mi propia ingravidez.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Septiembre llega con su ¡Oh Dios mío!

Septiembre nos acechaba por la espalda y yo no quise verlo.
Lentamente perfilaba su traición de días cada vez más cortos, de tiempo inestable, del presagio del verano que se nos escaparía de las manos. Igual que un suspiro ante la imagen de un recuerdo. Y así dará paso, una vez más al otoño, a los tonos ocres, a las hojas que planean sobre nuestras cabezas antes de caer rendidas, sin tregua ni bandera blanca, al suelo, donde yacerán hasta ser pisoteadas con el réquiem de un crujido.
Sí, viejo amigo, septiembre nos acechaba por la espalda y ahora, se ríe en mi cara.
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Suena: el tic-tac de mi reloj, ahora entiendo la locura del Capitán Garfio.
Desde mi ventana: la Sierra tiene un extraño color sepia y el cielo, aunque azul, se llena de polvo.

jueves, 2 de septiembre de 2010

El grillo.

La Reina de Espadas, torpemente abandonada a su deseo y a la ceguera de no querer mirar, hablaba una noche cualquiera con el Rey de Corazones, mientras los relojes corrían veloces en sus manecillas, en el doloroso tic-tac que perforaba los oídos y no se acompasaba a sus inquietos latidos...
Sin embargo, de pronto, su irregular plática, su conversación dolorosa por insulsa, más que nada por seguir escuchando esa voz que parecía obrar el milagro del arpa de Bécquer, que rasgaba su armadura interna, la que de verdad la protegía, se detuvo en un punto ingrávido, quizás en el momento en que alguna estrella se apagaba allá en el cosmos...
-Tsssss! Escucha... tssss! Escucha el silencio...
Así fue como el Rey de Corazones impuso el silencio en la noche.
Y así fue como la Reina de Espadas comprendió que, una vez más, había hablado demasiado.
Tan sólo un grillo se atrevió a desobedecerle, y la Reina de Espadas enloqueció con ese sonido.
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Suena: All the right moves, One Republic
Desde mi ventana: un cielo oscuro, aunque con una cierta luz rojiza extraña...

lunes, 30 de agosto de 2010

Entre las montañas.

La vida pueblerina es distinta, transcurre como en otra franja horaria, en una dimensión diferente donde las agujas van más lentas y el sol es la única referencia para medir el tiempo. Las calles son de trazado irregular, de casas bajas y casas altas, todas encaladas y engalonadas con macetas en el enrejado. Me pregunto cómo sería en los tiempos en que las muchachas se asomasen y se dejaran cortejar a través de esas rejas, cuando algún hombre quisiera hablarles, y se pateara la calle ya para arriba, ya para abajo en una clara muestra de profunda paciencia o, quizás, de amor de ese que nos venden las abuelas en sus historias.
En el pueblo las campanas de la iglesia te persiguen allá donde vayas, a y cuarto, y media, menos cuarto y las enteras. El murmullo de las vecinas al saludarse y un par de gritos infantiles tampoco escapan a tus oídos. Pero ni siquiera molestan, porque se acoplan al silencio, al vuelo de las moscas...
Y, después, cuando cae la tarde y el sol empieza a esconderse tras las montañas, los lugareños sacan sus sillas a la puerta de la casa para dar comienzo a la tertulia. A veces, son de anea, otras, hamacas, pero la esencia, lo que de verdad importa, eso nunca cambia. Se ve pasar la vida mientras se curiosea en la ajena y, poco a poco, va refrescando, se hace necesario la rebequilla o se termina por pasar dentro, a los patios, donde la vida sigue brotando bajo las parras o a la sombra de un ciruelo.
-¡Madre mía! ¿Has visto la zagala? ¡Si está hecha ya toda una mujer! Y de novios, ¿qué? Porque tan guapa...
-No, de novios nada, que sólo traen problemas...
-¡Ay, qué graciosa la niña! Pues sí, pues sí, ya tendrás tiempo de novios. Aunque zagales que te ronden, seguro que no te faltan...
-¡Calla, calla! Que como se entere su padre, le da un infarto...
Y así, lentamente, transcurre un día tras otro.
Un pequeño paréntesis, un lugar donde todo es posible y, sobre todo, donde lo único que se escapa de las manos es el tiempo...
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Suena: ese murmullo que se acopla al silencio, al vuelo de una mosca...
Desde mi ventana: Vélez-Blanco

domingo, 22 de agosto de 2010

Quién no arriesga...

Y, de pronto, todo para lo que había dicho nunca, se perfiló en su mente como un condicional, como una posibilidad que cada vez se hace más seductora, que se engalana y roba el olor de su cuerpo para poder dormir tranquilamente, con una estúpida sonrisa aflorando en los labios entreabiertos por los que escapan quién sabe cuántos sueños, frágiles como el cristal, hermosos como una luna que mengua, como ese beso que no llega y que pinta un interrogante allá donde el mar se pierde, a 7'8 kilómetros de un faro que se ilumina un segundo y permanece oscuro otros cuatro...


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Suena: It's my life/ Confessions, Glee Cast
Desde mi ventana: parece que el mundo vaya a escapar por el sendero que la luna tiende sobre el mar...

martes, 17 de agosto de 2010

Falso gris

¿Qué es lo correcto?
Supongo que es una gran pregunta, para la que habrá grandes respuestas.
Pero ahora sólo me interesa saber si lo correcto puede pasar por fusilar los sentimientos...

¿Cuántos días falsamente grises, en los que el sol juega al escondite con el pensamiento, y aunque se oculte tras las nubes, su presencia impide abrir los ojos...? ¿Cuántos van a hacer falta?


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Suena: New born, Muse
Desde mi ventana: el cielo falsamente gris de ayer ha dado paso a un más postizo cielo soleado, de esos que presagian lluvia...

jueves, 12 de agosto de 2010

Noche de estrellas

Agosto siempre está asociado a la lluvia de estrellas, a esas lágrimas fugaces que, caprichosamente, recorren el cielo oscuro en una noche especial en la que los sueños parecen un poco más tangibles, más cercanos, casi posibles de alcanzar. Las sonrisas siempre se pintan en la cara al imaginar la posibilidad, al idear en nuestra cabeza, al sentir de una manera tan veraz aquello que sólo dejamos que nos invada justo antes de dormir, en la duermevela donde los objetos carecen de contornos, cuando la realidad y el deseo se mezclan a pares iguales.
Y, sin duda, habrá quién compita por el número de estrellas avistadas, por la intensidad de su brillo y por cualquier otra cualidad reducible a números, pares o impares. Habrá quién pida algo distinto cada vez y quién conserve siempre la esperanza intacta, para darle mayor fuerza, como si al apretar los puños el mundo fuera distinto. También habrá quién ni siquiera pida, que duerma o haga el amor en ese instante. Tal vez alguien llore, igual que los astros, cada una de sus penas, gota a gota, sangrando la herida de lo hermoso.
Pero, estoy segura de que habrá alguien que mire los astros, sonría, pida el deseo de siempre, el de toda la vida, y piense, ¡qué diablos!, que el cielo, aunque no es el mismo en todas las ciudades, esa noche hará una excepción y será lo que la una a otra persona, en la distancia, en el recuerdo, en el sentimiento torpe y canalla de lo que no aconteció y, quizás, ya no acontezca jamás... porque ambos estarán bajo el mismo techo, bajo el manto estrellado, que no protector, al que sucumben las almas algún que otro mes de agosto...

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Desde mi ventana: playa, agua, mar, montaña, faro, gente, cielo, sol...
Suena: Polvo de estrellas, Taxi

Encuéntrame en la segunda estrella a la derecha, todo recto y hasta el amanecer...

domingo, 8 de agosto de 2010

Voy a contarte un secreto...

Verás, desde donde estoy sentada, en una terraza de playa, donde las sillas son de anea y están pintadas de azul, a juego con una mesa de grandes dimensiones y astutamente acompasada con una vieja y destartalada ventana de hierro, con la madera hinchada a causa de la humedad y con restos de lo que un día fue pintura roja; en una terraza como ésta, que no cae sobre el Golfo de Sorrento sino sobre los mares del sur, el viento sopla a mi favor y el cielo se oculta tras una densa neblina que nace más allá del horizonte, dejando que el sol de vez en cuando rasgue su gris manto… Justo aquí –o justo allí, si es que alguna vez me lees- donde la música que escucho se mezcla con el tormento de las chicharras, las olas al romper con su fuerza, algún que otro grito ahogado y una moto que me recuerda con sus estridencias que nada, ni siquiera este rincón de paraíso terrenal, es perfecto; justo en este lugar, es donde voy a contarte un secreto.
Quiero que me lleves al lugar más bonito del mundo, a ese rincón que sólo tú sabes, en el que se ven las estrellas cada noche, donde el silencio se hace compañía y la conversación, entre litro y litro, se acaba perdiendo en las montañas y su eco nos sorprenda al llamarnos…
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Suena: One, Glee Cast
Desde mi ventana: supongo que desde mi terraza... :)

miércoles, 4 de agosto de 2010

En la orilla de esta playa.

Este relato podrás encontrarlo en mi próximo libro: Mi propia ingravidez.

lunes, 26 de julio de 2010

Trenes de ida.

Lo tuve en mis manos, lo sé. Pero una vez más dejé pasar la oportunidad, el momento, la ocasión.

Los malditos trenes, sus andenes, sus estaciones, siempre sucias, siempre ruidosas, siempre llenas de adiós y de reencuentros, de pañuelos blancos que ya no se agitan y de despedidas que se sangran gota a gota, de besos y abrazos ajenos, de lágrimas quién sabe si de felicidad o tristeza...

Me gustan las estaciones de tren, igual que me fascinan los trenes, los autobuses, el vaivén de la carretera, las idas y las vueltas, con los pensamientos que ellas generan... Pero lo que no me gusta, joder, es convertirme en una estación.
Una constante y perenne estación...
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Suena: Sere Nere, Tiziano Ferro
Desde mi ventana: Algeciras.

Te echaría de menos aunque no te conociera...

viernes, 23 de julio de 2010

Arrepentimiento.

Podría decir demasiadas cosas de las que luego me acabaría arrepintiendo, porque las noches en vela sólo traen quebraderos de cabeza...
Es curioso el arrepentimiento, es un sentimiento que siempre me ha llamado la atención. ¿Nos arrepentimos porque verdaderamente sentimos haber hecho tal o cual cosa o nos arrepentimos porque es lo que se espera que hagamos, algo así como un comodín, una carta siempre segura?
¿Y de lo que el corazón siente? ¿Alguien puede arrepentirse de eso...?
Qué bajo estamos cayendo, nos vamos a pique y mucho más rápido que el Titanic...
En fin, dejo aquí unos versos de Bécquer, no son de los más conocidos pero son muy especiales...
Dices que tienes corazón, y sólo
lo dices porque sientes sus latidos;
eso no es corazón..., es una máquina
que al compás que se mueve, hace ruido.
Quien pueda arrepentirse de lo que le dicte su corazón... quizás tenga una máquina bastante ruidosa en el pecho...
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Suena: Tu come stai, Zero Assoluto
Desde mi ventana: pues noche cerrada, qué vamos a hacerle... las estrellas donde se ven bien es lejos de la ciudad...

jueves, 8 de julio de 2010

Los autobuses y su falsa intimidad

Creo que en otra ocasión ya he hablado sobre lo mucho que me gustan los autobuses. Y muy especialmente los autobuses de línea, los que te llevan a un destino distinto, los que duran como mínimo una hora y los que tanta gente detesta. Tienen el don de transmitir esa falsa intimidad en la que uno se siente arropado, protegido.
Y, entonces, se baja la guardia y no queda otra que confesar...
Llevaban ya un buen rato en sus asientos, número treinta y tantos y seguido. Hablaban de cosas triviales y de los planes que tenían para ese día, para esa pequeña escapada a la playa. Del tedio del viaje, de aquello y de lo otro.
-Venga, va, cuéntame algo.
-No sé, ¿qué quieres que te cuente?
-Ya sabes, alguna de esas cosas tontas que tanto nos gustan...
Y cayeron las murallas. Se rompió el lacre de sus labios y fluyeron ríos de palabras. Todas en torno a un pronombre: él. Dos letras, la primera con tilde, por favor. Así, en un instante, en un momento, la eternidad del universo se concentró en ese pronombre. Y los ojos le brillaban, porque siempre le brillaban cuando hablaba de él.
-¿Y tú?
-¿Yo, qué?
-¿No tienes nada que contarme?
-Mi vida es tan monótona...
Pero igualmente caían las murallas, porque siempre había algo que contar. Un comentario, una idea, una fugacidad a veces perdida, a veces encontrada. Y de nuevo él. Otro él, pero las dos mismas letras, el mismo pronombre, la misma tilde y el mismo rasguño a su paso. Y, claro, los ojos también le brillaban, porque siempre brillan cuando se habla de él.
Y después risas, bromas, otra vez trivialidades, otras personas, mirar por la ventana, el sueño, el tedio, y una curiosidad, algo que de pronto pasa por la mente y que vuelve a llevarlas a él, a la omnipresencia del pronombre.
Los pies, por supuesto, encima del asiento, la postura imposible de aguantar más de diez minutos seguidos. Alguna queja, imposible estarse quieta. Y las confidencias surgen como quien no lo quiere, con la grandeza de las cosas pequeñas, las que se deslizan sinuosamente, las que unen de verdad, las que sólo se pueden compartir con una amiga...
-Pufff... estoy deseando llegar ya...
-Y yo...
-No soporto los viajes en autobús, son lo peor.
-Pues a mí me encantan.
-Eso tú... que estás loca...
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Suena: la radio, Cadena 100.
Desde mi ventana: un falso nublado que desprende demasiado calor... viento del Sáhara, dicen.

viernes, 18 de junio de 2010

Labios

Los labios fruncidos.
Sin embargo, no denotaban ni frustración ni ira, no se apretaban con vehemencia el uno contra el otro, ni trataban de seducirse o de perpetrar cualquier otro ataque sorpresa.
Se mantenían en silencio; pero no era un silencio incómodo, tampoco placentero, no seguían ningún guión por la sencilla razón de que se dejaban llevar...
Sí, los labios estaban fruncidos, callados, hasta quizás un poco ausentes, pero los ojos decían tanto, hablaban tanto y se vaciaban de aquella manera que hubiese sido una estupidez permitir que los labios se separasen, que dejasen de yacer el uno con el otro, que enunciaran siquiera un tímido suspiro o un disimulado bostezo...

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Suena: Real love, The Beatles
Desde mi ventana: noche cerrada, literalmente ni una estrella...

martes, 15 de junio de 2010

Un poquitín de fútbol

¿Por qué me gusta el fútbol, y muy especialmente los torneos internacionales?
He aquí una pequeña declaración de principios:


-Porque me encanta darle patadas al balón, regatear, correr y, por supuesto, marcar gol.

-Porque es emocionante ver los partidos y la tensión que se crea entorno al televisor baila al ritmo del corazón palpitando frenéticamente.

-Porque los locutores de radio cuando retransmiten un partido se dejan la piel en ello y se vuelven más originales y divertidos que de costumbre.

-Porque al gritar "GOOOOL, GOOOL, GOOOL, GOOL" expulso todo lo malo, me siento como un guerrero en plena batalla y me libero de los malos presagios.

-Porque cuando marca un jugador, marcamos todos los aficionados.

-Porque sigo sin aclararme con el fuera de juego, pero ya me voy haciendo una idea con el sistema de puntos.

-Porque la celebración de una victoria, aunque a veces haya mucho pirado, es una explosión de alegría, de colorido, de emoción.

-Porque me puedo pintar la cara con los nombres de los jugadores y nadie piensa que estoy loca.

-Porque yo también he cantado "Yo soy español, español, español" y en vez de decirme que desafino, se han sumado a dar berridos.

-Porque de la canción de Shakira sólo entiendo el waka, waka (que, por cierto, creo que en camerunés significa algo así como camina, camina) y "esto es África", pero con eso me basta.

-Porque me estoy oyendo todos los partidos del mundial por internet (Radio Marca los retransmite todos) y se me hace más llevadera esta época de exámenes.

-Porque tengo una lista con las tablas de clasificados y resultados de cada encuentro.

-Porque tengo la esperanza de que la Roja nos dé una alegría.

-Porque siempre me ha gustado Iker Casillas, y este año me he aprendido la alineación entera (bueno, entera, entera no...) pero no soy capaz de retener el temario de los apuntes.

-Porque he agregado a favoritos la página de la FIFA.

-Porque me río con los anuncios de CEPSA y yo también he repasado matemáticas al ritmo de Casillas por Casillas, Casillas; Casillas por Albiol, Albiol... (¿sino cómo iba a aprenderme la alineación jajaja)

-Porque, sencillamente, me gusta.




Hay quien dice que todo esto del Mundial no es más que una tontería.

Nada más y nada menos que once tíos en calzoncillos corriendo detrás de un balón.


Y puede que tengan razón, pero qué vamos a hacerle, desde siempre me han gustado las cosas tontas.
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Suena: Waka, waka, Shakira (Cómo no podía ser de otra forma...)
Desde mi ventana: un cielo espantosamente gris, después de una noche de tormenta aún peor. Aunque bueno, debo reconocer que el mal tiempo es buen aliado para soportar tardes, mañanas y noches de estudio intensivo. Ah sí, la gloriosa vida universitaria...

sábado, 12 de junio de 2010

Ya no camino con los cordones desabrochados


Tengo un par de zapatos que podrían hablar demasiado de mí.
Ayer les cosí los cordones.
Así ya no podrán contar nada.

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Suena: Scivoli di nuovo, Tiziano Ferro
Desde mi ventana: noche cerrada.

jueves, 10 de junio de 2010

Preguntas, esta vez sin respuestas

Se preguntan si hay esperanza, si verán un nuevo amanecer reflejado en unos ojos todavía cerrados, en unas sábanas blancas, en una persiana que deja ver los primeros rayos de luz.
Se preguntan si hay consuelo, si de verdad existen pechos sobre los que refugiarse cuando el café de la mañana sepa demasiado amargo y el diario no traiga más que malas noticias.
Se preguntan si hay amor...
Los corazones se preguntan demasiadas cosas...
Y si hablamos de esperar... ya, para qué contarte...

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Suena: Kiss the rain, Yiruma
Desde mi ventana: una gran nube blanca, negra y gris oculta un sol de esos que hiere, de los que con su resplandor te obliga a cerrar los ojos...

martes, 8 de junio de 2010

Sálvese quién pueda

De las batallas dependen las guerras.
Por eso es tan importante ir sumando pequeñas victorias y restando las derrotas.
Hay que debilitar al enemigo en ataques breves pero contundentes, desgastarlo, minar su ánimo y su moral; hacerle caer en la cuenta de que ha perdido y te necesita con demasiada urgencia.
¿Somos de los buenos o de los malos?
Sólo el tiempo podrá decidirlo. Y no siempre hace justicia.
Pero, ¿de verdad se trata de algo tan importante?
Al final, bandera blanca, una huida despavorida.
Quizás cobarde, quizás sensata o un poco de ambas.
Qué vamos a hacerle, aunque nos empeñemos, el corazón no está hecho para la guerra.
Sálvese quién pueda.
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Suena: Sálvese quién pueda, Vetusta Morla.
Desde mi ventana: cielo azul que presagia otra sofocante mañana.

domingo, 30 de mayo de 2010

Zapatos de tacón.

Aquella tarde de febrero, cuando comprendió que todo se iba a pique, cuando supo que no le quedaba una segunda oportunidad, ni siquiera un triste as en la manga, se calzó los tacones más altos que tenía, casi diez centímetros de vértigo, y unos cuantos más de minifalda. Se pintó de rojo los labios y se echó más rimmel que de costumbre, alargando sus pestañas hasta el ingrávido límite de sus ojos, espantando a sus fantasmas. Y así, con una falsa sonrisa de suficiencia, salió a la calle. Pisó fuerte. Hizo que unas cuantas miradas la siguieran más allá de las fronteras de su bolso, de su colgante, de los rizos que ondeaban como bandera de su corazón, ni blanca ni dando tregua, sino como bucle y descenso hacia el lugar del que ella provenía, el que aún no había abandonado ni lo haría del todo jamás; de los labios que todavía no había besado...
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Suena: Cómo decirte, Marwan
Desde mi ventana: increíble, pero la Sierra aún tiene mucha, mucha, mucha nieve; una nube blanca se pasea a sus anchas y el cielo brilla azul. El último domingo de mayo.

jueves, 27 de mayo de 2010

Noches tontas

El amor y la distancia tienen esa costumbre de mezclar el placer con las ganas de sufrir.
Ismael Serrano


¿Cómo empiezan los cuentos?
¡Ah sí...! Érase que se era...

Una vez, como de costumbre, como siempre, un corazón roto que andaba por la acera. ¿Sonreía? Sí, claro. Ella siempre sonreía. O al menos eso intentaba. ¿Él? Bueno, él era caso aparte y ella ya se había cansado de tratar de ver más allá de sus labios una declaración, no de amor, por supuesto, pero quizás sí de sentimientos. Porque ella no creía en los para siempre, aunque le gustaba pensar que sí, que debían existir, pero que no estaban hechos para alguien como ella.

-¿Esperas a alguien?
-Ya no...

Y, sin embargo, una vez había creído. No sabía en qué, pero sí en quién. No era un creer con tintes de idolatría, ni siquiera ciegamente, pero quizás sí de una manera irracional, sin ser capaz de dar motivos lógicos... Bueno, ¿acaso hay otra forma de creer?

-Espérame, ¿vale?
-Me lo pensaré...
-Anda, anda... ¡qué te vas a pensar!

Nada, porque si ella se hubiese parado a pensarlo, se habría dado cuenta de que era un condenado error. Demasiado riesgo, demasiadas probabilidades de fracaso, demasiado de todo aquello de lo que había estado huyendo disciplinadamente, demasiado de todo lo que temía que pudiera hacerse realidad algún día...

-Si es que, ¿qué?
-Tonta...
-Para qué preguntaré...

Y, con el tiempo, ella había aprendido a no preguntar. Y él a no dar demasiadas respuestas. Pero cuando las dio, cuando ni siquiera se las exigió, cuando vació su conciencia y tal vez, y sólo tal vez, su corazón... Ella se quedó sin palabras. Asintiendo estúpidamente, sin procesar lo que él le estaba diciendo, ocupándose de que sus ojos no... bueno, de que no revelasen demasiadas cosas...

-Menos mal que tengo tarifa en el fijo. Alguna, aunque no sé exactamente cuál, que sino... arruinaba a mis padres.
-Tú y tantas más...
-¡Claro, las que me llaman a mí!

Pero no hubo llamadas, ni mensajes ni nada; sólo silencio. Dejó que el tiempo, ese Cronos al que siempre había odiado, se ocupase de lamerle las heridas, de arreglar todo aquello que se había estropeado, de un modo u otro...

Y, sí, efectivamente, ella se curó de ese mal que tanto la aquejaba, cotidiano, pero mal al fin y al cabo. Comenzó haciéndose la fuerte, recayendo y volviendo a creerse que sí, que era fuerte... y a base de creerlo, se volvió fuerte...


Sin embargo, de cuando en cuando, tenía noches tontas, en las que le daba por ponerse idiota, y trataba de recuperar todo aquello que ni siquiera había podido perder porque no le pertenecía, porque nunca había sido de ella, y en ocasiones sospechaba si había llegado a ser realmente en plural... pero, por suerte, sólo eran algunas noches las que tenía tontas.



Tal vez esa sea la moraleja que encierre este cuento, que todo tiene una solución, que todo puede ser bonito, que nada es duradero, que en muchas ocasiones no hay un para siempre...


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Suena: No reconozco, Ismael Serrano
Desde mi ventana: un cielo de colores cálidos, un árbol que agita sus ramas...

jueves, 20 de mayo de 2010

Sol de mayo.

Ha vuelto el calor, y espero que en esta ocasión sea para quedarse.
No quiero más viajeros de paso, y mucho menos errantes.
Lo que quiero es poder ponerme todos los días pantalón corto, tirantes y gafas de sol. Tomarme helados y lucir moreno.
Vacaciones, días eternamente largos, sandía en el postre y horas de siesta interrumpidas sólo por la lectura o el ordenador.
Vivir despreocupada...
Sonreir sin más.
Porque sí; porque huela a verano.
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Suena: Nueces, Coti & Ismael Serrano
Desde mi ventana: sol, sol, sol y mucho más sol... :)

viernes, 14 de mayo de 2010

¿Qué debe ser vivir?

Curiosa pregunta, ¿verdad?

Imaginen por un momento, un enorme recinto cerrado, un auditorio, por ejemplo, el Palacio de Congresos de Granada. Imaginen también un escenario, el salón de un piso, un sofá rojo, un mueble bar, libros y un globo terráqueo, por poner, incluso una cocina que no se ve, pero que, de tener hambra, sabríamos que podríamos encontrar tuppers de cocido en la nevera. Imaginen una vez más que las luces se apagan, que empiezan a salir músicos y que, en un momento de locura y de delirio colectivo, aparece, digamos... Ismael Serrano. Bien, dejen de imaginar. Ayer, 13 de mayo (felicidades de nuevo, Fátima) yo estaba en el Palacio de Congresos de Granada, en un escenario que invitaba, nunca mejor dicho, a sentirse como en casa y en la inmejorable compañía de Ismael y sus canciones.

Quizás, para alguien que no me conozca, puede resultar ésta, una crónica de quinceañera a punto de desmayarse. Quizás sea un poco así. Bueno, espero que no. Lo que pasa es que a veces nos avergonzamos de los sentimientos que nos pueden suscitar acordes, voces y melodías. Porque nos da miedo reconocer que no somos insensibles al mundo que nos rodea, que tenemos un corazón que se emociona con las pequeñas, y con las grandes, cosas. Porque tememos ser de ese modo más vulnerables, derrumbar los muros de nuestra propia fortaleza. Porque creemos que eso son cosas de niños.
Pues bien, lo reconozco. Soy una niña.
Y anoche sólo me faltaron las coletas, porque las chuches las llevaba en el bolso.

Zona D, fila 5, asiento 14.
Escrito así me recuerda a las coordenadas de algún mapa que condujese al tesoro escondido, quizás en una isla, quizás en algún corazón solitario. Ahí estaba yo, al lado mi amiga Irene, y en el escenario, Ismael. ¿Tres íes? Me acabo de dar cuenta, qué gracioso... Y bueno, acabo de leer en el IDEAL digital que el concierto empezó con veinte minutos de retraso; la verdad, es que no me di ni cuenta. A mí me supo a poco.
El tiempo es algo sumamente relativo y, siempre pasa lo mismo. Cuando uno está agusto parece que las manecillas se empeñen en correr, mientras que, en el caso contrario, se lo toman tranquilamente.

Pero bueno, me dejo ya de prólogos y paso a hablar de las canciones. Que no sé por qué, pero me da que se me está quedando bastante larga. Si es que me cuesta eso de no expresar cada una de las ideas que cruzan esta cabecita loca...

La primera de las canciones que sonó fue Vuelvo, del nuevo disco. ¿Volviste, Ismael? Nunca te habías ido. Después vinieron otras canciones como Espejismo, también de Acuérdate de vivir. La tercera, Amores Imposibles, que introdujo con un pequeño diálogo:

-Señor Bergia, ¿usted cree en los amores imposibles?
-Yo creo que sí.
-O sea, ¿qué existen los amores imposibles?
-Pues parece que sí.
-Pues ¿sabe qué? Yo creo que no. Creo que si existieran amores imposibles sería un oxímoron. Creo que son términos contradictorios que no debieran conjugarse jamás en una misma frase, porque finalmente no hay que dar nunca ninguna batalla por perdida y la excusa más cobarde suele ser siempre culpar al destino...


Cómo me gustaría creerte, Ismael, cómo me gustaría pensar que llevas razón, que el oxímoron no debía ser más que una figura literaria y que las batallas no se pudieran dar nunca por perdidas, más aún si las libra el corazón... ¿Que si lloré? Pregunta absurda. Las lágrimas ya habían empezado con la primera de las canciones, pero negar que esta tuvo algo especial...

Después sonaron Ya ves y Te vas, canción que me emociona. Que me recuerda, como tantas otras, a un corazón que me dejó el mío por la mitad. Él también se fue a la ciudad definitiva, se fue sin mí y yo tampoco le fui a despedir. Una historia más, una canción más, sentimientos quizás encontrados o tristemente desgastados.

El virus del miedo me recordó que tengo que seguir siendo una valiente y enfrentarme a todo aquello que creo que se me queda grande, a todo lo que me asusta incluso, y con perdón, a lo que realmente me acojona. A las cosas importante, pero importantes porque me importan, no porque objetivamente lo sean.

Luego le siguieron Regalo para un primer cumpleaños y La huída. Lo siento, me voy a extender, lo sé. Pero La huída es mi preferida. Sin lugar a dudas. Amo la sencillez de la historia y siento una gran envidia de esa muchacha que, como yo, tampoco sabía mentir y va aprendiendo a base de... no sé, a base de experiencia, supongo. La candidez con la que se mezclan las palabras más dulces y tiernas con los deseos más profundos. Y yo, la cantidad de veces que he apretado contra el pecho la carpeta, sintiendo el peso del mundo, la forma en que oprimía, las veces que me he derrumbado sobre la acera y, pese a todo, he seguido andando y recorriendo esa eterna calle en la soledad que me invitaba a evocar el mar del sur y de tus ojos. Esta canción me recuerda a ti, lo siento. Hay cosas que son inevitables. Y ésta es una de ellas.

No reconozco, Vértigo, Mensaje en el contestador... ¿cómo no detenerme en cada una de ellas? Bueno, haré un esfuerzo. Sólo diré que la última, es de mis favoritas del disco. Breve pero intensa. Ya quisiera yo un mensaje así en el contestador, aunque claro, lo tengo desactivado... Cuando escucho esta canción me dan ganas de ponerlo otra vez, sólo por si alguien tuviese la genial idea de dejarme grabada su voz; pero va a ser que no.

Después sonaron los compases de Si se callase el ruido; curiosamente, cuánto más la escucho, más me gusta y eso que al principio no me hacía demasiada gracia. A continuación, Recuerdo, esencial e indiscutible en la discografía de Ismael, una historia de amor hecha melodía. Ahí volví a agradecer la ausencia de maquillaje, y muy especialmente del rimmel; habría sido una auténtica catástrofe de ríos azabache... aunque no tan dolorosa como ese viaje en metro, como esos bostezos cómplices que presagiaban un desasosiego más para el continuo latir, tal vez demasiado real, un clavo ardiendo, el del mismo adverbio quizás, el de la esperanza.

Ya quisiera yo, Balance, No estarás sola... ¿de verdad, Ismael? ¿Me lo prometes? Igual que se le promete a los niños que los monstruos no habitan en la oscuridad, igual que los enfermos nos aseguran que todo saldrá bien mientras contemplan por última vez, igual que en silencio se prometen besos que nunca llegan, igual que nos aseguran día tras día que veremos un nuevo amanecer... miénteme si hace falta, Ismael, pero prométemelo cada vez que le dé al play, cada vez que estropee tu voz con la mía.

La extraña pareja, Podría ser y Sucede que a veces. Final del concierto, con una canción que me anima especialmente, que me recuerda que todo puede cambiar de un momento a otro, que los días grises pueden acabar azules. Pero, ¡ay Ismael! Somos un público insaciable y no nos importó desgañitarnos al grito feroz de ¡Otra! ¡Otra! Así que apareciste otra vez en escena. Al bando vencido y Tierna y dulce historia de amor. Mi locura ahí fue máxima. Adoro la historia entre la colegiala y el político. Fue sentir los primeros compases y lo tuve más que claro. Me levanté de mi asiento y, de pie, me puse a cantar y a bailar, a dejarme inundar por la música, a que me abrumasen los sentimientos, a vivir y a sentirme viva.

¿He dicho ya que éramos un público insaciable? Las luces del Palacio de Congresos dieron por finalizada la actuación, pero nosotros seguimos coreando y dando patadas en el suelo, yéndosenos la vida en ello. Por un momento temí que la estructura cediera, pero está bien curtida a base de públicos como el de anoche y resistió. Igual que lo hicieron nuestras voces, los gritos que escaparon a nuestras gargantas cuando él, el cantautor, Ismael Serrano, apareció de nuevo. Abandoné mi asiento 14, fila 5, zona D para bajar a los pies del escenario, para sentir su cercanía y el calor de todos los que también habían abandonado sus asientos para entregarse a las últimas canciones, para dejarnos juntos la voz con Eres, la descripción que cualquiera desearía oír de labios de la persona amada, y con Papá cuéntame otra vez, con una fuerza y una furia desatadas que no podrían recogerse en palabras.

Porque hay cosas que o se viven o se viven. No hay otra opción, ni siquiera una segunda posibilidad.


El reloj marcaba más de las doce. El cuento de la Cenicienta se iba acabando. Pero, por suerte, no perdí ninguno de mis tacones y mi hada madrina parece que estuvo más generosa de lo habitual porque tuve la genial oportunidad de estar con Ismael que, pacientemente, esperó a los que nos habíamos congregado para robarle un poco más de tiempo, para hacer eterno el instante y el recuerdo algo tangible. Me firmó el disco y se sacó una foto conmigo, actual foto principal del Tuenti, por supuesto. Pero lo más importante, pude darle una carta que tenía para él. Sí, si alguien ha llegado hasta aquí en su lectura, rematadamente pensará que soy como una quinceañera estúpida y todo eso. Pero me da igual. Cumplí con mi sueño, con mi ilusión y con mi locura, ¡y hay que cometerlas para decir que hemos vivido!

Así que retomo la pregunta inicial, ¿Qué debe ser vivir? Aún no lo tengo demasiado claro pero, por el momento, creo que disfrutar de nuestra estancia aquí, en la Tierra, pasear como si fuese un día de lluvia, saber disfrutar de los momentos... Memento Vivere.


Para Isa, nos vemos pronto, para seguir recordando qué debe ser vivir

De nuevo, gracias, Ismael.
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Suena: ¿Alguien tiene duda de lo que sonaba mientras escribía esta entrada?
Desde mi ventana: pues un poco de todo, porque la entrada la escribí entre la tarde y la noche así que... sucesión de cielos, nubes y colores que me acompañan en mi recuerdo.

sábado, 8 de mayo de 2010

Sabiduría infantil

El otro día iba en el autobús, cansada, harta y con ganas de llegar de una vez a mi casa. Me senté al lado de la ventanilla, con la música y dispuesta a perderme en mis propios pensamientos y en los compases de James Blunt y su Goodbye my lover, pero algo me lo impidió. Al otro lado del pasillo se sentaron dos niños pequeños, niña y niño, de uniforme, mellados y con sus mochilas escolares a la espalda, una rosa y otra naranja, con una especie de monstruo que seguro será de alguna serie de dibujos animados. Detrás la mamá, y un número de bolsas más que considerable. A los tres minutos, consciente de que la sensible melodía del británico no iba a imponerse a los gritos, los constantes intentos de reclamo de atención y las disparatadas historias de los niños, decidí apagar el mp4 y ahorrar, de paso, batería.
En un principio, he de reconocerlo, deseé que se callasen de una maldita vez y nos dejasen al resto de los mortales tener un viaje, sino plácido, al menos sí tranquilo. Porque lo cierto es que no íbamos demasiados en el autobús y todos, exceptuando un chico que seguía con sus cascos y al fondo del vehículo, dirigíamos nuestra atención, inevitable e irremediablemente a los niños.
Cuando ya quedaban menos de dos paradas para apearme, sucedió el hecho por el cual escribo esta entrada.
La situación era la siguiente: los niños se habían pasado, se habían peleado, la mayor proferido al pequeño algún que otro insulto al son de una cancioncilla de las que se aprenden en clase y se convierten en el hit del curso escolar, a lo que el niño había respondido sacando la lengua y cruzándose de brazos. Igual que la calma después de la tormenta, nos regalaron unos minutos de paz y sosiego. Sin embargo, vi que el pequeño se daba la vuelta en el asiento hasta quedarse de rodillas, mirando a su madre.
"Ya está -me dije-. Ahora a ver qué pasa, ¿se chivará?"
El pequeño intentó coger las manos de la madre quién, ya bastante hastiada de los dos, las retiró hasta donde sus brazos infantiles no podían llegar. Tenaz como él solo, el niño se estiró todo lo más que pudo, curvándose sobre el asiento de tal modo que pensé que, como el conductor diese un frenazo, se iba a liar una buena.
Ante esto, las palabras de la madre fueron, textualmente, las siguientes:
-Siéntate bien. Y déjame que ya te he dicho que me duelen las manos.
Su sentencia fue acompañada de un ligero empujón, suave, de ésos que te dan las madres para que andes, te sientes derecho en la silla y otras situaciones que siempre se resuelven así. Inmediatamente miré las manos de la mujer, perfectamente cuidadas, de manicura francesa y con un par de anillos en los dedos. Desvié la vista hasta las bolsas que ocupaban el asiento libre a su lado. Conté seis. Sí, debían de dolerle las manos.
¿He dicho ya lo tenaz que era el niño? Porque, no conforme con las palabras autoritarias de su progenitora, atrapó velozmente la mano de su mamá en un descuido de ésta. En los labios de la señora pude leer a la perfección una expresión vulgar y malsonante. Supongo que, dándose por vencida, dejó que sus dedos reposasen entre los de su hijo. Pero cuál fue la sopresa, mía y suya, cuando este, sin previo aviso, le besó la mano.
-Para que no te duela más. Como tus besos, mami, que los míos también curan...
Sí, a mí también se me quedó esa cara cuando presencié la escena.
Desde luego, somos imbéciles. Ya nos valdría más creer que los besos de mamá siempre curan que las sandeces a las que nos entregamos con tanta facilidad en el mundo de los "grandes". Y es que los niños son así, grandes maestros para nuestros atrofiados corazones...
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Suena: Goodbye my lover, James Blunt
Desde mi ventana: cielo radiante de mayo, el sol molesta en los ojos.

martes, 27 de abril de 2010

Un rayito de luna.

Son las nueve y veintisiete minutos de la noche, hora local. La habitación está a oscuras, la ventana abierta y una suave brisa con aromas de galán de noche o jazmín se cuela traviesa mientras tecleo con mi habitual frenesí en el ordenador. Algún día acabaré cargándome el teclado. Lo sé.
Escribo animada por el comentario de María, porque a veces me cuesta demasiado describir una y otra vez el mismo cachito de cielo, las mismas casas y la misma Sierra Nevada que, año tras año, ilustran mi ventana, mi rincón particular del mundo. Sin embargo, y como de costumbre, nunca deja de sorprenderme.
La luna.
La luna es igual en todas partes y, aunque voy a intentar plasmarla en estas palabras, invito a todo aquel que se tropiece con este escrito (suponiendo que alguien lo haga, claro) a abrir la ventana y buscar ese astro tan magnífico como sublime que cada noche sale para recordarnos que estamos vivos.
Podría empezar, quizás, hablando de la perfección de esta luna llena que ahora me alumbra, de su redondez aparente, de ese color imposible de definir pero que irradia una luz tan especial, tan fuerte y poderosa que casi más que real, se semeja a un espejismo, un delirio. Recuerdo aquella leyenda de mi querido Bécquer, El rayo de luna, y contemplándola me parece hasta coherente que su personaje, romántico donde los haya, se enamorase de ese haz, de ese relámpago de sentidos y esa luminosidad tan evocada por los poetas y por los que no lo son tanto.
Pero lo que, sin duda, hace especial a esta luna de hoy, es su cerco. No es como al que me tiene acostumbrada, pequeñito, más bien molesto por aquello de que cuando hay cerco, también habrá lluvia. Se trata más bien de una aureola de santa, porque para aguantar los desvelos de más de una, las súplicas y las lágrimas que mojan las almohadas y se acallan en el silencio cómplice de la noche, no se puede sino ser santa, paciente y sabia. Así que este cerco, a ratos blanco, a ratos dorado, o incluso un poco ocre para no llegar al vulgar amarillo, se extiende ampliamente, a sus anchas, como si se tratara de una danza entorno a ella, un velo que la cubriera o un acompañamiento eterno que rivalizase con su majestuosidad y singular belleza.
Desde el momento en el que fui consciente de este milagro de la naturaleza, hasta ahora que escribo, diez menos veinte, el cielo ha ido acomodándose al espectáculo. Primero el límpido azul de las tardes primaverales, que se niega a sí mismo los tonos anaranjados, las puestas de sol solemnes, para regalarse una aparición anticipada de la luna. Y de ese azul inmaculado, inocente, hemos dado paso a sus tonos más oscuros, los malvas con los que se confunde la Sierra, los grises y plateados que estienden la estela del astro sobre nuestras cabezas, haciéndonos partícipes de tan divino suceso.
Ahora la oscuridad es extrañamente íntima, extrañamente difusa.
Por un lado extiende su manto azul oscuro, casi negro, como la huella que dejan los amantes perdidos a lo largo del espacio y del tiempo, como esa duda de las promesas que jamás empiezan con ese verbo, sino que lo hacen de la manera más tonta y trivial, inconsciente quizás, pero que agitan los corazones más que el propio juramento.
Por otro, el indudable gris perla con el que parece engalanarse, el recato con el que se viste y se desviste una muchacha que busca encontrarse en su espejo, que en secreto se sueña y se cree dueña de cada uno de sus pasos, como la sabiduría de los ancianos que ya no cuentan sus verdaderas batallas, sino que repiten una y otra vez las mismas historias porque necesitan de sus recuerdos para renacer al amparo de noches como ésta.
Alguna que otra nube, traviesa, caprichosa, atraviesa ese cerco, como jirones de algodón negro, una lágrima de rimmel corrido, manchando torpemente la candidez del astro, simulando delinearlo, trazar una frontera a la luz que emana, a esa libertad con la que la reparte en cualquier punto de este planeta.
Estas noches me encantan.
Aspiro profundamente el perfume del jazmín o del galán de noche, o de ambos tal vez. Sé que sueno cursi y decimonónica, qué vamos a hacerle. Soy así.
Probablemente alguien se pregunte si no seré yo como el enamorado de Bécquer que perseguía a su amada sin saber del engaño de la luna. Puede que sí. O puede que no.
En cualquier caso, suban las persianas y regálense un rayito de luna.
Buenas noches.

sábado, 24 de abril de 2010

Earl Grey.

El Earl Grey es un té demasiado fuerte. Pero he acabado por acostumbrarme a él.
Al principio tiene un sabor amargo, un tanto punzante. Especialmente si son dos sobrecitos en una taza de un cuarto de litro, aproximadamente. Bueno, nunca se me ha dado demasiado bien eso de la visión espacial, pero digamos, sencillamente, en una pequeña taza. Ese regusto se impregna en la lengua, los dientes, las encías y hace que uno sienta algo espeluznante. Podría comparase con el hecho, tan sumamente desafortunado, de chupar limones. Exacto. Esa cara fue la que se me quedó en aquel lejano primer sorbo. Mientras que, ahora, sorbito a sorbito, acabo despreocupadamente el té a la par que -¡por fin!- vuelvo a retomar el blog, después de casi tres semanas sin escribir nada.
Y lo curioso es que lo compré porque, en esa horrible traición de los supermercados de eliminar productos y marcas con todo esto de la crisis, ya no traían el Ceylán.
Muy interesante.
Y no lo digo con ironía, que conste.


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Suena: Perdido en mi habitación, Mecano.
Desde mi ventana: lo mismo de siempre, matices del cielo que trato de describir, con más o menos éxito...

domingo, 4 de abril de 2010

El eterno Callejón del Aire

Cuando tienes por delante casi tres horas donde las emociones más intensas se mezclan a partes iguales con el temor a que se mueva la teja, aunque sea sólo un milímetro...
Cuando el dar más de tres o cuatro pasos puede considerarse ir muy rápido y el que la vela no se apague es toda una misión imposible...
Cuando hay calles donde la gente se agolpa a ambos lados y otras que quedan mayormente desiertas, para sumar las últimas en las que algún que otro pueblerino se cruza por medio...
Cuando empiezas a no sentir la punta de la nariz y te sorprendes de seguir notando los pies dentro de los tacones...
Cuando afirmas que no tienes frío, que vas bien y no hay quién no diga que es cierto, que se ha quedado una noche estupenda, la mejor de muchos años...

Cuando todo eso pasa, y más importante aún, cuando pasa a la vez, dispones de cada uno de los elementos necesarios para lanzarte de lleno, queriéndolo o sin querer, a pensar. Y acabas ordenado, por fin, esa leonera que tenías por vida, estableciendo y reestableciendo prioridades, zanjando asuntos pendientes, descubriendo ideas que creías olvidadas, otros enfoques sobre aquello que te atormentaba, anhelabas o, simplemente, se paseaba a sus anchas por tu mente.
De pronto, lo tienes todo asombrosamente claro. Ése es el momento en el que inspiras fuertemente, sientes a la noche descendiendo hasta alcanzar tus pulmones, recorriendo cada milímetro de tu ser, invadiéndote, casi creándote como una persona totalmente nueva, tan cerca del delirio como del éxtasis...
Entonces sientes que tienes una nueva oportunidad, algo así como una vida de segunda mano, que suele ser una versión más idílica y renovada de la que ya tienes. Te abruma la posibilidad de ser capaz de resolver absolutamente cualquier problema que se te presente; quizás el cambio climático o la crisis no, pero sí ésos más pequeños, los cotidianos, los de a pie, aquellos que verdaderamente causan estragos alterando la tranquilidad de las conciencias, las almas y, quizás, de algo más que late frenéticamente...

Pero, al final, y a traición, queda el Callejón del Aire, donde siempre hace frío y duelen los pies, la suave brisa se vuelve una mala compañera, las velas se apagan, las emociones desembocan en su propio nacimiento y la mantilla parece no encontrarse nunca en el lugar adecuado.
Entonces las vidas de segunda mano ya no importan tanto, porque no se diferencian demasiado de la que estrenaste hace diecinueve años.

Probablemente, a esas alturas ya te duele la cabeza.
Y no precisamente por culpa de la peineta.
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Suena: Vértigo, de Ismael Serrano
Desde mi ventana: hoy no escribo frente a una ventana...

sábado, 27 de marzo de 2010

Contingencias.

Me gustan los días de sol, los de lluvia y los de viento. También los de nieve y en los que se trata de adivinar cómo evolucionará la jornada. Pero no me gusta que haga bueno cuando estoy triste ni que el cielo llore cuando tengo mejores planes; el viento es relativo y con la nieve tengo un par de cuentas pendientes. Los días impredecibles sólo me molestan si tengo que cargar con el abrigo o la rebeca en la mano, si los zapatos se me empapan y los pies caminan haciendo plof-plof, si la luz me da de lleno en los ojos o si el día se tuerce así sin más, a fuerza de tanta incertidumbre.
Me gusta lo dulce, lo salado, lo picante y, efectivamente, también lo agridulce. Pero nunca compro chocolate en el supermercado ni lo tomo porque sí. Tampoco soy de los frutos secos, a excepción de las pipas y las situaciones de hambruna desesperada. Curiosamente, me pirra la salsa guacamole y otras que no sé cómo se llaman pero que van de lujo con los nachos, pero no trago con la mostaza; incluso he llegado a quitarla de la hamburguesa una vez ya en la mesa. Igualmente, el arroz indonesio y demás comidas asiáticas cuando las aderezo, lo hago con soja, nunca con agridulce.
Me gusta pintarme las uñas de los pies aunque sea invierno y lleve zapatos cerrados. Pero, no sé cómo lo hago, nunca se me quedan del todo bien y los dedos acaban con la laca de uñas número trece de Mercadona. Y aún así sigo a mi tarea, esperando pacientemente el verano, donde cambio de color y si no domino bien el pincel, como es más clarito no se nota.
Me gusta escuchar la radio, aunque a veces ni la oiga. Me canso rápido de las canciones comerciales, de las listas de éxitos, de los números uno de hace años y de las que ponen música novedosa. Sin embargo, no me gusta encontrarme con voces de locutores que no reconozco, con sintonías de cadenas desconocidas o anuncios absurdos con situaciones y diálogos extremadamente falsos.
Me gusta cantar, inventarme la letra y hacer que a mi alrededor se tapen los oídos, a excepción de mi abuela que me anima pacientemente evaluando mis progresos con un "bueno, va mejorando eso" y, por supuestísimo, mi fiel amiga. Hablo de la ducha. Pero no me gusta que la gente me escuche cantar, me siento ridícula y al final acabo tarareando, pero ni por ésas doy con el tono, aunque sí con la letra. El Singstar es caso aparte. Incluso he llegado a sacar puntuaciones altas. Y ganar a amigas que cantan genial. Conclusión, el Singstar no es demasiado fiable...
Me gusta hacer cosas en las que acabo contradiciéndome. Pero no me gusta ser así. Y a la vez me gusta. Porque no podría concebirme tautológicamente y, sin embargo, a veces pienso que sería tan sencillo, todo unos, todo verdades lógicas...
Mas, como siempre, lo sencillo y lo complicado son términos tan sumamente relativos en tanto que los gustos son subjetivos y cambiantes.
Por eso son gustos y no pasiones.


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Suena: The Scientist -Coldplay
Desde mi ventana: La persiana está medio subida, medio bajada; oscuridad y las luces de las casas de enfrente.

domingo, 21 de marzo de 2010

La estación de las flores.

La primavera ya está aquí.
Y sigue lloviendo.
La gente ya empieza a quejarse de la alergia.
Aunque todavía no he visto a nadie con mascarillas, no quedará demasiado.
Tal vez no la llevan aún porque el cielo lleva toda la noche llorando. Y dicen que el agua limpia la atmósfera, el ambiente.
Esperemos que sea así.
Por algo es el símbolo de purificación por excelencia.
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Suena: Alguien que cuide de mí, Christina y Los Subterráneos.
Desde mi ventana: la lluvia es contundente pero, a cambio, hay que hacer esfuerzos para verla en el difuso telón de fondo, una mezcla de blanco y gris que se está haciendo demasiado habitual...

domingo, 14 de marzo de 2010

Cuatro paredes.

A veces te levantas y descubres que nada ha cambiado a tu alrededor.
Las paredes siguen exactamente igual que cuando te acostaste, cubiertas de fotos, de posters y otros recuerdos. Las partes visiblen aún necesitan una buena capa de pintura, y ya no hablemos de como urde ello en el techo. Haces cálculos mentales y descubres que la última vez que pintaste la habitación fue hace seis años, justo cuando empezaste a llamar mi cuarto a ese reducto de la casa. Y contemplas desde la cama, con los brazos extendidos por encima del embozo de las sábanas el desorden que impera, la mochila, los libros de la facultad, los apuntes, la ropa que ya no se sabe si está limpia o sucia, el bolso del fin de semana pasado, los zapatos, alguna que otra caja y cables que pueden ser tanto del portátil, como del mp4 o de cualquier otra tecnología.
Y te gusta.
Porque descubres en cada cosa tu propia huella, tu signo de identidad, la historia que la trajo un día, más o menos lejano al actual, hasta tu vida. Las fotografías te recuerdan un momento, cierras los ojos y divagas en aquel día, aquella comida en el parque, aquel paseo, el viaje a Madrid o el día de la madre. Luego están las fotos que no pueden contarte nada, pero que te hacen saber que aquello existió. Tú, de pequeña, tus padres de jóvenes, un paisaje donde nunca te has perdido.
Aún tumbada adivinas los títulos de los libros de la estantería, sonríes ante la trama, te asalta alguna frase la memoria, casi a traición, quizás sin más trascendencia que el simple hecho de acordarte, tal vez porque en el momento en el que lo leíste te impactó, te identificaste o lo aborreciste. Qué más da. El subconsciente lo retuvo y ahora le da por salir.
Después paseas la mirada en derredor, como si nada, deteniéndote en los cacharros que según tu madre lo único que hacen es acumular polvo. Una figurita, una vela, una flor de plástico o una lata. Sí, acumulan mucho polvo; en consonancia con el tiempo que llevan ahí, con el tiempo que hace que esa historia te marcó. Y, por un instante, te dan ganas de abandonar el calor de las sábanas y tocar, sentir, hacer vivo y presente aquel momento del que ya no sabes si lo que tienes es un recuerdo o el recuerdo de un recuerdo.
Pero no, no te mueves de la cama. Se está demasiado agusto, demasiado bien. Casi protegida. Y sigues mirando, y comprobando que cada rincón de la habitación sigue tal y como lo dejaste anoche, cuando cerraste los ojos intentando conciliar el sueño. Y sonríes porque reconoces que todo ese mundo es tuyo, te pertenece, tú lo has creado y tú puedes destruirlo.
Suspiras tranquila, sí, nada ha cambiado...
Pero, paradójicamente, cuando buscas la estabilidad y que todo siga exactamente igual, cuando necesitas reconocerte en lo que te rodea y saber que eres de tal forma por los archivos que guardas en el ordenador, por los libros que lees, por las fotos que tiñen las paredes de tu habitación... cuando, en fin, no eres capaz de encontrarte a ti misma si no es con la ayuda de esas pequeñas reminiscencias externas, es porque has cambiado.
Puedes no saber qué resorte de la mécanica de tu corazón ha hecho click lo ha desorganizado todo. Pero sabes que eso ha pasado.
Y ya no puedes seguir negándolo.
Es entonces cuando, con aire de fastidio, te das una última vuelta en la cama.
Oh, sí. Buenos días y bienvenida al mundo real.
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Suena: el trino de los gorrioncillos. Mi pájaro preferido, por cierto.
Desde mi ventana: el cielo, pero de un color extraño, una especie de azul plomizo que, sin embargo, refleja la luminosidad del sol oculto tras las nubes.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Un día cualquiera.

Hay días en los que el sol brilla en un cielo perfecto, azul, surcado por alguna que otra nube, blanca, regordeta, simpática como sólo pueden serlo en las ilustraciones de los cuentos infantiles. Pero también, hace viento, un soplo gélido, frío, que despierta y reaviva. Entonces no se sabe qué hacer con el abrigo, si nos lo quedamos puesto el sol nos calentará lo suficiente como para que necesitemos desprendernos de él; si nos lo quitamos, el viento nos recordará ese aullará hasta alcanzar nuestras entrañas.
Estos son buenos días para aprender lecciones; te dejan el cuerpo cortado pero conceden una pequeña tregua, alguna que otra esperanza, aunque sea la sencillez y la humildad de poder acostarte habiendo aprendido algo nuevo.
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Suena: Resistence -Muse.
Desde mi ventana: aún siguen corridos los visillos...

sábado, 6 de marzo de 2010

Preguntas y respuestas

Cuando no quieres saber una respuesta, sencillamente no haces la pregunta. Te quedas con la incertidumbre, con el doloroso cincuenta por ciento de probabilidades, porque al fin y al cabo todo acaba reducido a un sí, o a un no; desde las cuestiones más triviales hasta las preocupaciones más hondas. Nos movemos en términos bipolares, en la oposición binaria y no sólo para nuestros mitos, cuentos o cultura en general. Para entender cada historia, para poder comprender e ir más allá siempre necesitamos adjudicar los papeles: el bueno, el malo; el príncipe, la princesa; el lobo, caperucita; el mentiroso, el sincero... Y sin saber muy bien cómo, acabamos viviendo en aquel estúpido juego de ni sí ni no ni blanco ni negro. Prohibidas esas cuatro palabras, las alternativas, pese al riquísimo vocabulario español, se reducen proporcionalmente y sólo se logra decir a veces, quizás, tal vez, puede...
Joder, nos quedamos sin palabras si nos quitan la oposición de binarios, la radicalidad, el término medio y su virtud.
En fin, no sé muy bien por dónde seguir, no sé qué quiero escribir, pero sé que lo necesito, que me ahogo si no lo hago, que algo me impulsa, me llena de ímpetu... quizás mi propia rabia, mi propia parquedad de palabras ante esa ausencia... ¡Ah, las ausencias! Si algo he aprendido con toda certeza de Lyotard, es que las puñeteras ausencias son lo más presente y, a su vez, hay presencias que, en tanto que ausencias, hieren más que el propio vacío, más que las armas que empuñan los niños en países donde los sueños no llegan ni a caballos de cartón ni a espadas de madera.
El mundo se va a pique, cambia el eje de la tierra, la naturaleza se rebela tras tantos años de mansa servidumbre, las familias se destrozan, la muerte acecha a cada paso, el aire se vuelve raro y yo no sé qué hacer. Yo sí que estoy desorientada, perdida, chalada de remate. Me molesta la música y el silencio, la luz y la oscuridad, el día y la noche, el sueño y la vigilia, la risa y el llanto... me molesta expresarme en términos radicalmente opuestos, y me molesta no saber si soy la mala o la buena, si esto tiene algún sentido o carece totalmente de ello.
Odio las incertidumbres.
Por eso me obligo a dar con las respuestas, aunque no quiera saberlas. Porque el masoquismo en ocasiones no es más que otra forma de victimismo. Y el victimismo te exime de ciertas responsabilidades, como si te concibieras en un síndrome de Estocolmo permanente, sin posibilidad de sentir culpa alguna, ¡aunque paradójicamente eso sea lo que sientas!
Pero sobre todo, a lo que me obligo, es a no rendirme, a no tirar la toalla, a luchar aunque sea ciegamente porque, y es una gran verdad, ninguna causa está perdida mientras haya un insensato (o insensata, en este caso) que la defienda. Y más cuando la causa en sí es tan sumamente importante, tan sumamente decisiva...
No me valen las excusas, no me vale el derrotismo, ni el abandono.
Haz algo por tu vida y deja de quejarte y de lamentarte. Si algo te importa, vas a por ello y cometes todo crimen que tu corazón exija. Y no digo crimen literal. Pero sí el asesinato de tu propio miedo, de la incertidumbre, de las lágrimas...
Sé que me lo he buscado.
Yo he sido la que quería conocer la respuesta, sin necesidad si quiera de hacerme la pregunta.

jueves, 4 de marzo de 2010

La arena de los relojes hizo crecer el desierto.

¿Sabes lo que pasa cuando escuchas música?
Que lo tienes todo claro por un momento.
Y en ese momento su lenguaje te da coraje,
para arriesgarte y te das cuenta de que nunca es tarde.

El otro día me tropecé con estas frases de Lloro, de Ámbito Kinitoh.
Me quedé totalmente sorprendida, pese a haber escuchado esta canción bastantes veces sin una mayor trascendencia. Y es que tiene toda la razón. O, por lo menos conmigo, ha dado justo en la diana. Cuando escucho música, cuando me identifico con el sonido y, más allá de éste, con las palabras, la historia que encierra y todo aquello que pretende transmitir, siento que el mundo está en armonía conmigo, lo tengo todo claro, veo las cosas desde otro cristal.
Y sí, lo reconozco, me siento valiente, me dejo inundar por ese torbellino de impresiones, de ideas. Y creo que puedo hacer cualquier cosa y pienso y decido qué aspectos de mi vida no me gustan y cómo voy a cambiarlos. Y sé que soy fuerte, y sé que soy capaz, que tan sólo me falta chasquear los dedos para que todo sea perfecto.
Sin embargo, las canciones también acaban, llegan a su fin.
Y vuelve el miedo, el maldito y condenado miedo que arruina lo mejor, lo que verdaderamente sale de dentro de cada uno.
Pero el miedo se puede vencer; las agujas del reloj no.
Lo curioso es que siempre se nos olvida, e invertimos los términos. Por mucho que cambiemos la hora, adelantemos o atrasemos unos minutos, el tiempo escapa a nuestras manos...
Y no hay nada peor que llegar tarde al mundo real.
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Suena: el ventilador del ordenador y el rítmico, pero frenético, teclear de mis dedos; esta entrada quería escribirla en silencio...
Desde mi ventana: las nubes se pasean por el cielo oscuro, alguna luz perdida impacta contra la fachada de enfrente y juega a crear sombras, acaso reminiscencias...

martes, 2 de marzo de 2010

Sonría, por favor.

Hace algún tiempo ya, alguien me dijo que la sonrisa es el idioma universal con el que se entiende la gente.
Fue estando en un país distinto, cuando se me acercó una mujer extranjera como lo era yo en aquel lugar. Creo que me hablaba en alemán, pero vaya usted a saber ahora de qué lengua se trataba realmente, y huelga decir que ni la entendí. Ante esa abrumadora sensación de no poder comunicarme con ella, de no tener ni idea de a qué atenerme, no se me ocurrió otra cosa más que sonreírle. Y, he de reconocerlo, en aquel momento me sentí rematadamente estúpida; casi pillada en falta. Para mi sorpresa, la señora me brindó una sonrisa sincera, de ésas que rara vez se ven, y me apretó fuerte el brazo, como sólo saben hacerlo quienes te comprenden más allá de las apariencias. Y desapareció.
Ahí fue cuando me volví a mi acompañante, visiblemente azorada, y aún sonriendo.
Hoy volví a recordar esas palabras.
En el autobús, sentada entre un par de marujas cuyas voces, pese al elevado volumen de mis auriculares, me han puesto al día de todas sus enfermedades, encuentros y desencuentros, productos de oferta y casos de timos particulares, he descubierto una de esas sonrisas tan especiales.
Ha sido una niña pequeña, quizás seis o siete años, con un anorak rosa, parecido al que yo tenía cuando era más chica. Iba de la mano de mamá y daba saltos haciendo lo imposible por pulsar el botón de parada. En un instante nuestras miradas se han cruzado. Por inercia he sonreído ante sus esfuerzos por demostrar lo mayor que era. Pero la sonrisa que me ha regalado ella podría haber detenido el mundo si hubiese querido. Y, después, una carcajada inocente, como si la hubiese sorprendido haciendo una travesura.
Mamá le ha regañado por dar saltos y no comportarse como es debido en un autobús. Ésa era su parada. Igual que aquella mujer, también la niña ha acabado por desaparecer.
Y es que creo que todo lo que me ha dicho con esa ligera, sencilla e increíble curvatura de labios no puede describirse. Me lo guardo para mí.
Pero sí, al fin y al cabo, la sonrisa es el idioma universal.
Nunca te guardes una sonrisa, no sabes quién puede necesitarla.
(Y sí, vale, aunque está muy visto, tampoco sabes quién se puede enamorar de una sonrisa...)
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Suena: Dímelo a mí -Eros Ramazzotti
Desde mi ventana: lluvia, nuebes y ni rastro de Sierra Nevada; el sol de ayer fue sólo una pequeña tregua.

martes, 23 de febrero de 2010

Baile de carnaval ante el espejo.

Hay días en los que se pasa rápidamente ante el espejo. Un retoque, una sonrisa fugaz, comprobar que todo está en orden y desaparecer. Son en los que se evita el propio reflejo, porque se sabe que aquello con lo que uno se va a encontrar no es muy agradable.
Al otro yo, ése que se parece tanto a nosotros pero que no lo es, de prestarle un poco de atención, lo descubriríamos mirándonos fijamente, con una reprimenda en sus labios...

Y, ¿siempre va usted de carnaval? Ya sabe, con esa máscara... que, por cierto, no le sienta nada bien...

Un espejeo de lo que nos gustaría ser.
Un papel mal interpretado; ¿un actor inexperto o un guionista demasiado exigente?

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Suena: Por Quererte -Efecto Mariposa

Desde mi ventana: curiosamente, mi propio reflejo en el cristal.

domingo, 21 de febrero de 2010

Verdades a medias.

Las mentiras siempre huelen a alcohol, tabaco y, a veces, a corazón herido. Porque tanto lo uno como lo otro seducen pero sólo traen problemas y son, en sí mismos, la máscara de carnaval veneciano que siempre estamos dispuestos a llevar; lujosa, llena de misterio, decorada y cuidada hasta el extremo.
No he conocido nunca a nadie que no haya mentido. Ni espero que se dé el caso porque ni si quiera me molestaría en ironizar sobre el asunto. Todo el mundo miente. Porque todo el mundo, sencillamente, tiene algo que esconder, algo que ocultar, algo que preferiría olvidar, hacer como si no hubiese acontecido jamás.
Desde pequeños nos enseñan que no se puede faltar a la verdad, que hay que ser sinceros, valientes y afrontar los hechos. Luego, se nos mete miedo, se nos cuentan fábulas, se nos dice que nos crecerá la nariz y hay quien vive con ese tormento hasta que descubre que, los mismos que nos han castigado son los primeros que lo hacen. Y aprendemos que las pequeñas mentiras, aquellas que se justifican de piadosas no son más que eso, una simple, llana y burda justificación. Y ahí empieza nuestra decadencia, porque piadoso es algo tan sumamente relativo que hiere.
¿Quién puede decir qué mentiras son ciertamente en beneficio del que las recibe? ¿Qué beneficio queda si la verdad siempre sale a relucir? ¿Qué...? ¿Qué...?

La verdad os hará libres.


¿En serio? Y, ¿por qué nadie hace caso de ello y muchas mentiras nos reconfortan tanto como una taza de té caliente? ¿Por qué, incluso, nos sentimos liberados al mentir? Uno siente ese alivio tan peculiar cuando, en lugar de admitir sus verdaderos sentimientos culpa a terceros de aquello que hizo o no... no te llamé porque no tenía línea, no puedo quedar porque tengo que estudiar, no aprobé porque el examen era sumamente difícil, me he comprado estos pantalones porque los otros están ya muy viejos...
Y no hay narices para admitir que la línea funcionaba a la perfección pero que no estabas de humor para hablar, que no saliste ese día pero que ni de lejos estudiaste sino que perdiste el tiempo soberanamente, que el examen no era tan complicado y que de haberle puesto más empeño habrías aprobado sin dificultades, que los pantalones te gustaron desde un principio y punto...

¿Por qué necesitamos justificarnos todo el tiempo para no sentirnos
culpables?

Sin lugar a dudas, lo mejor está aún por llegar. Es el momento en el que tu interlocutor asiente con un cabeceo y dice aquello de desde luego que los de la compañía de teléfonos están siempre igual, tú no te preocupes y estudia que eso es lo que tienes que hacer ahora ya nos tomaremos ese café en otro momento, es que ese tío siempre pregunta lo más complicado y has tenido mala suerte, es que hay que renovar el armario y ahora con las rebajas...
Nos creemos las mentiras de los demás porque es mucho más placentero, más cómodo, menos doloroso aceptar esa sarta de sandeces y excusas manidas que admitir la realidad. O, de cuando en cuando, sabemos que no nos están diciendo la verdad, pero lo dejamos estar...
No es nuestra vida. No son nuestros problemas.
¿Quién no se ha autoengañado alguna vez?
La mentira más común es aquella con la que uno se engaña a
sí mismo.
Friedirch Nietzsche.
Tenemos esa necesidad imperiosa de sentirnos fuertes...
Y una mentira, sobre todo la que nos decimos en silencio, es un atajo tan tentador...
Y, como siempre, yo no miento... tan sólo digo verdades a medias.
Puede que esta sea una de ellas.
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Desde mi ventana: Todo está ya oscuro, aunque hay tres estrellas brillando, casi parecieran guiñarme en un gesto cómplice...
Suena: So Close - Jon McLaughlin
so close to reaching that famous happy end
almost believing this was not pretend
and now you're beside me and look how far we've come
so far we are so close

lunes, 15 de febrero de 2010

Arrebatos, decisiones y otros parientes.

Siempre hay una gota que colma el vaso o un copo de nieve que quiebra la rama. No siempre tiene que ser algo malo. Muchas veces, amanecen días absurdamente normales que, a la luz de la cosa más pequeña y, por lo general, también la más tonta, acaban por tornarse en días especiales. Incluso me atrevería a decir que decisivos.
Sí, efectivamente. Ésa es la palabra. Decisivos.
Y lo son porque, efectivamente, se toma alguna decisión, valga la redundancia. Y no una cualquiera, sino una que sabemos que va a trastocarnos los esquemas. Aunque se trate de un mínimo cambio, de algo sencillo y fácil, sin demasiadas complicaciones. Porque a menudo, así es como empiezan las grandes etapas, y así es como se cae todo el castillo de naipes, con la menor brizna de aire.
Lo mejor de todo es que la decisión en sí misma no nos sorprende, ya que suele tratarse de una idea que lleva rondándonos la mente, como una especie de reto, una de esas cosas que suscitan los tan temidos qué pasaría si... Y que precisamente por eso la vamos echando a un lado, la apartamos de un manotazo, la tildamos de loca o estúpida; pero ella se sigue haciendo más y más fuerte, y espera el momento en que seamos capaces de no engañarnos a nosotros mismos y que caiga nuestro muro.
Al final no nos queda otra opción que dejarnos arrastrar por ese torbellino incesante, por ese latido desbocado, por ese sentimiento que sabemos que, pese a su fragilidad, representa la mayor de las fortalezas, de las enterezas, y nos guiamos ciegamente, casi con santa devoción. A veces, porque es la única salida y nos agarramos a ella cual clavo ardiendo. Otras, porque la rutina es demasiado asfixiante. En cualquier caso, ¿qué más da el motivo? Cuando se tiene una intuición de ese calibre, tan vital, tan necesaria, tan decisiva... ¿cómo no caer en la dulce tentación de la locura, de la aventura, del sentirse dueño de nuestras propias acciones y, quizás, un tanto inmortales?
¡Hay que tomar decisiones! ¡Hay que dejar voz al instinto!
Porque cuando el instinto habla, en realidad, somos nosotros mismos quienes le escribimos el guión.
Buenas noches.